Así me lo recomendó mi abuelo, y no se equivocó.
Casi al fondo del valle del río Llobregat, en una amalgama de núcleos de población, industrias, carreteras, tendido ferroviario y pequeñas parcelas agrícolas constreñidas entre todo lo anterior, descansa, plácida y tranquila, la Colonia Güell. La impresión al llegar allí es más parecida a la de estar en un pequeño pueblecito de campiña que a su realidad inmediata, en el corazón industrioso de una imponente área metropolitana. Calles casi vacías con unos pocos niños en bicicleta, coches dormidos y unos pasos despreocupados que cruzan de una acera a otra sin temor al atropello; la tranquilidad que se vive aquí invita al paseo sin prisas, ¿dónde estamos?
A finales del siglo XIX Eusebi Güell decidió trasladar las industrias textiles de las que era propietario en el barcelonés barrio de Sants hasta aquí, con el objetivo de dar cobijo, además, a sus trabajadores, familiares y toda una serie de servicios a su disposición: escuela, hospital, cooperativa, fonda, comercios, teatro... todo un ejemplo de empresario filántropo.
El proyecto, como no, fue encargado a Gaudí, que tomó el reto personal de construir la iglesia de la Colonia, fruto del fuerte sentimiento religioso que profesaba. De su particular y original modo de entender la arquitectura nos queda el legado de la cripta- lo único que se llegó a construir-, ubicada en una pequeña colina que se eleva sobre el conjunto. Es sin duda lo más visitado del núcleo, casi como cualquiera de sus creaciones allá por donde pasó. Variedad de formas, materiales, colores y ángulos llaman la atención, tanto dentro como fuera del edificio y, como siempre, no dejan indiferente a nadie.
Tras la venta de la propiedad por parte de los sucesores del insigne empresario y los vaivenes del sector textil, lo que hoy queda es una pequeña población de apenas 800 habitantes de un entorno envidiable que recibe un incesante goteo de visitantes en la búsqueda del sello Gaudí, tras la pista de la huella Güell.
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22 de marzo de 2011
8 de febrero de 2011
Montserrat, el símbolo catalán
Si hay algo que me llama la atención de la cultura popular es cuando ésta necesita de elementos o partes del territorio para destacar su esencia, fuerza y tradiciones. En algunos casos sirve como reclamo o alimento para la exaltación de banderas y nacionalismos, pero al margen de tendencias políticas, es una de las más hermosas formas de entender y respetar el suelo que pisamos y el relieve que nos envuelve. La generalización de esta forma de entender el entorno lleva a un profundo respeto de todo el territorio, a una cultura educativa de monte y naturaleza que pasa de padres a hijos; ver, conocer, sentir y dejar en herencia.
En Cataluña existen no pocos símbolos de este tipo, pero el que sobresale por encima de todos es el de la montaña de Montserrat. Dejando de lado la impronta religiosa y crematística de este lugar, su valor recae exclusivamente en las peculiares formas de este macizo que se yergue sobre el cauce del río Llobregat: los procesos geomorfológicos son, a veces, muy caprichosos, y aquí han dejado constancia de ello. La deposición y compactación de sedimentos en antiguas áreas fluvio-marinas, su elevación y posterior erosión diferencial han creado un paisaje de formas redondeadas, agujas retorcidas y curvadas, grietas suaves y huecos de posterior colonización por parte de la abundante vegetación mediterránea.
La humanización del entorno es evidente tanto en las vistas que permite el macizo (el valle del Llobregat es eje vertebrador de poblaciones e infraestructuras desde Manresa a Barcelona), como en su propio ascenso (carretera, tren cremallera y teleférico, camino hormigonado, etc.), por lo que la mejor opción es la de subir a pie, disfrutando de olores, colores y contrastes. Hasta el Monasterio es un agradable paseo con alguna pendiente y escalinata más empinada- desde luego nada imposible- que hacen ganar altura de forma repentina e ir descubriendo nuevas panorámicas, como la del blanco pirineo. Una vez allí las posibilidades se multiplican y sólo hay que tener tiempo y ganas para conocerlo en profundidad y saber elegir el lugar en el que degustar un buen bocadillo de jamón bajo un agradable baño de rayos solares.
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