Myanmar, 2011.
Islandia, 2012.
Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, 2013.
Sri Lanka, 2014.
Y muchos más viajes, escapadas y excursiones. No hay mejor rutina que la de viajar.
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18 de junio de 2014
23 de octubre de 2011
Retales de Myanmar (y III)
Desde que pusimos los pies en casa, la mayoría de las preguntas sobre el viaje han sido acerca de la comida, tal vez esperando una respuesta escrupulosa e insectívora; por supuesto los hoteles son un tema también recurrente en estos casos; no faltan sobre la compañía ni relativas a los traslados; pocas son las inquietudes sobre la cultura y los hábitos de vida; desgraciadamente, menor aún es el interés que despierta la situación económica, social y política de este Estado. Así son los países herméticos, desconocidos hasta en su nombre; la tierra no entiende de fronteras, pero la mayoría de las veces nosotros tampoco (¿dónde?).
Muchas han sido las conversaciones y respuestas sobre este delicioso trozo de pastel, pero nuestros recuerdos apilados sobre palabras siempre se atascaban tras una expresión: "la gente, las personas". Todo viaje es un círculo que hay que cerrar, y no hay nada mejor para clausurar este carrusel birmano que recordar aquello que primero nos llamó la atención, el carácter exquisito de un pueblo austero por exigencias del guión, robusto por necesidad y generoso de corazón.
Muchas han sido las conversaciones y respuestas sobre este delicioso trozo de pastel, pero nuestros recuerdos apilados sobre palabras siempre se atascaban tras una expresión: "la gente, las personas". Todo viaje es un círculo que hay que cerrar, y no hay nada mejor para clausurar este carrusel birmano que recordar aquello que primero nos llamó la atención, el carácter exquisito de un pueblo austero por exigencias del guión, robusto por necesidad y generoso de corazón.
Como el marinero que llega a puerto para vaciar su barco de mercancías, terminamos un viaje y comenzamos un nuevo proyecto. La mano abre un atlas y saltan chispas. Los dedos, sigilosos maestros de ceremonias, apuntan mil rumbos sobre nombres que en un susurro guardan sueños e historias; cabos, montañas, mares y ciudades nos esperan. ¿Acaso no es maravilloso imaginar delante de un mapa?
16 de octubre de 2011
Retales de Myanmar (II)
El país de los bosques de madera de teca y de los desayunos a base de arroz frito no tiene fin, es un tórrido y húmedo despliegue infinito de templos, tamarindos y flamboyanes, pagodas, budas, monasterios, mangos y drupas de betel, monjes, naturaleza y arte, exquisita, elegante y refinada o de lo más kitsch. Como este guión tiene las palabras contadas, es mejor dejar que sus últimos coletazos los den las fotografías.
9 de octubre de 2011
Retales de Myanmar (I)
Hubo un tiempo en que la propia palabra "viajar" constituía un reto sólo al alcance de unos pocos, aventureros y exploradores cuyas historias pueblan nuestra imaginación desde la infancia. Tras cada colina o cabo superados se abría un nuevo paisaje, un mundo en constante transición que explicar a los demás. Hoy viajar está al alcance de cualquiera con un poco de dinero y tiempo, y el avión nos priva de degustar el tapiz de formas, colores y texturas que existe entre nuestra casa y el hotel con buffet libre al desayuno; a algunos ni siquiera les importa qué visitan ni dónde se ubican en un mapa; los podemos identificar facilmente: llegan a su destino sin quitarse las gafas de sol, empiezan a sacar fotos de estatuas sin saber a quién están erigidas, comen por 30€ con copa de vino incluida y se van. No hay muchos destinos que se libren de esta involución de la cultura (o progreso de la mediocridad).
Cada individuo tiene su forma de hacer las cosas y, por lo tanto, de viajar. La nuestra es intentar comprender lo que vemos y vivir lo máximo posible pegados a la realidad de la gente, sentir que cada detalle de su ciudad, pueblo o pedazo de tierra es tan importante para nosotros como para ellos, y no quedarnos en una lejana perspectiva desde la que obviar sus problemas cotidianos. Pero a este viaje le hemos puesto especial cariño y emoción: por lo que celebraba, la distancia recorrida, lo mágico que nos pareció tras un primer tanteo a dedo sobre el mapa-mundi, el hermetismo del país... Si he transmitido sólo una parte de su genialidad y encanto que hemos sentido, me siento reconfortado por los esfuerzos.
Cada individuo tiene su forma de hacer las cosas y, por lo tanto, de viajar. La nuestra es intentar comprender lo que vemos y vivir lo máximo posible pegados a la realidad de la gente, sentir que cada detalle de su ciudad, pueblo o pedazo de tierra es tan importante para nosotros como para ellos, y no quedarnos en una lejana perspectiva desde la que obviar sus problemas cotidianos. Pero a este viaje le hemos puesto especial cariño y emoción: por lo que celebraba, la distancia recorrida, lo mágico que nos pareció tras un primer tanteo a dedo sobre el mapa-mundi, el hermetismo del país... Si he transmitido sólo una parte de su genialidad y encanto que hemos sentido, me siento reconfortado por los esfuerzos.
23 de septiembre de 2011
Shwe Inn Dein, pagodas y bambú
Al suroeste del Lago Inle y en las márgenes de uno de los muchos cursos de agua que lo alimentan- justo cuando el arroyo Inn Dein se divide en dos-, donde se equilibra el uso de los pies y los remos, en un lugar en el que las casas se apoyan sobre suelo firme y donde la llanura se empieza a moldear con pequeñas colinas, existe un pueblo con un tesoro a la vista, por encima de sus cabezas.
Dejando atrás el mercado local, siempre abrumador en olores y miradas parias, podemos seguir el curso del río, aguas arriba, inmersos en la verticalidad de un bosque de bambú tan hermoso como trémulo ante cualquier susurro. Resulta increíble la rigidez y flexibilidad de sus troncos, cortados para tramar con motivos geométricos las paredes de cualquier estructura en este rincón del mundo.
Según comenzamos a ascender la colina, el intenso suelo rojizo deja de estar cubierto por bambú y florecen, por cientos, stupas y pagodas, sitiadas por espontáneos arbustos cuyas hojas aprovechan las figuras y florituras escultóricas para jugar al despiste, y cuyas chimeneas recuerdan a una fábrica textil de hace un siglo. Con colores de barro cocido y blanco, bruñidas por el paso del tiempo y las marcas de agua y humedad, resquebrajadas o casi derruidas algunas, la sensación de paz es apabullante.
El descenso bien podemos hacerlo por la amplia galería con más de 800 pilares macizos y sencillamente decorados que nos devuelve al pueblo, línea recta que muchos aprovechan para comprar y vender figuras de Buda, longyis, marionetas, lacas o utensilios nacarados. Aquí la luz está tamizada por la frondosa vegetación de los laterales, sólo quebrada por algún stupa que asoma sus blancos puntiagudos igual que un curioso lugareño escruta unos ojos claros europeos.
Dejando atrás el mercado local, siempre abrumador en olores y miradas parias, podemos seguir el curso del río, aguas arriba, inmersos en la verticalidad de un bosque de bambú tan hermoso como trémulo ante cualquier susurro. Resulta increíble la rigidez y flexibilidad de sus troncos, cortados para tramar con motivos geométricos las paredes de cualquier estructura en este rincón del mundo.
Según comenzamos a ascender la colina, el intenso suelo rojizo deja de estar cubierto por bambú y florecen, por cientos, stupas y pagodas, sitiadas por espontáneos arbustos cuyas hojas aprovechan las figuras y florituras escultóricas para jugar al despiste, y cuyas chimeneas recuerdan a una fábrica textil de hace un siglo. Con colores de barro cocido y blanco, bruñidas por el paso del tiempo y las marcas de agua y humedad, resquebrajadas o casi derruidas algunas, la sensación de paz es apabullante.
El descenso bien podemos hacerlo por la amplia galería con más de 800 pilares macizos y sencillamente decorados que nos devuelve al pueblo, línea recta que muchos aprovechan para comprar y vender figuras de Buda, longyis, marionetas, lacas o utensilios nacarados. Aquí la luz está tamizada por la frondosa vegetación de los laterales, sólo quebrada por algún stupa que asoma sus blancos puntiagudos igual que un curioso lugareño escruta unos ojos claros europeos.
14 de septiembre de 2011
Bagan, latidos de Myanmar
Toda región o país, territorio en definitiva, tiene un corazón geográfico, aquel cuyos rasgos físicos y acontecimientos han marcado su historia hasta conseguir hacerse un hueco en el alma de sus habitantes, en una relación especial, única e inmutable de las personas con la tierra que sienten bajo sus pies. En arquitectura sería la cimentación del edificio, en ingeniería los pilares del puente, en una ciudad romana su ágora, o el parlamento para un estado democrático. De este corazón brotan con fuerza los lazos de unión de generaciones enteras, no con una identidad nacional determinada- la política siempre usa el territorio para sus vicios y corruptelas- sino exclusivamente con el suelo, sus árboles, plantas, cursos de agua y playas, rocas o montañas, y construcciones como herencia de nuestros ancestros. No hace falta ser oriundo del lugar para sentir su palpitante combustión; sólo hay que dejar que los pensamientos y sueños fluyan ante paisajes sin igual, sintiendo que la tierra se extiende como un cuerpo vivo del que éste es su alma pura.
Bagan es precisamente éso, el corazón de la geografía birmana, en la margen izquierda del río Irrawaddy y en una árida meseta impávida antes los intentos de la UNESCO por declararla Patrimonio de la Humanidad. Una tierra parda sobre la que se levantan ardientes nubes de polvo que a los rayos del sol amarillean un paisaje infinito, plagado con los restos de los más de doce mil templos y pagodas que aquí se levantaron entre los siglos XI y XIV, en una locura constructiva de color arcilla que comenzó el rey Anawrahta y que dejó los bosques de la zona completamente esquilamados. El paso del tiempo, las crecidas del río y los terremotos han reducido el número de templos, otros han quedado casi decrépitos, pero muchos han seguido en pie, sido reconstruidos o restaurados, siendo posible su visita y la subida a sus cornisas para embriagarnos como el deslumbrado Marco Polo.
El momento más memorable y mágico es el atardecer, cuando entre las nubes brotan tonos brillantes como rescoldos del incendio rojizo que se está produciendo en el horizonte. El viento acompaña la transición de los naranjas a los malvas y rosáceos, mientras en la lejanía pequeños bancos de niebla difuminan los puntiagudos brotes que se tornan en marrones cada vez más oscuros, pagodas que surgen como colmillos de la tierra y atrapan nuestra sensibilidad para siempre.
Bagan es precisamente éso, el corazón de la geografía birmana, en la margen izquierda del río Irrawaddy y en una árida meseta impávida antes los intentos de la UNESCO por declararla Patrimonio de la Humanidad. Una tierra parda sobre la que se levantan ardientes nubes de polvo que a los rayos del sol amarillean un paisaje infinito, plagado con los restos de los más de doce mil templos y pagodas que aquí se levantaron entre los siglos XI y XIV, en una locura constructiva de color arcilla que comenzó el rey Anawrahta y que dejó los bosques de la zona completamente esquilamados. El paso del tiempo, las crecidas del río y los terremotos han reducido el número de templos, otros han quedado casi decrépitos, pero muchos han seguido en pie, sido reconstruidos o restaurados, siendo posible su visita y la subida a sus cornisas para embriagarnos como el deslumbrado Marco Polo.
El momento más memorable y mágico es el atardecer, cuando entre las nubes brotan tonos brillantes como rescoldos del incendio rojizo que se está produciendo en el horizonte. El viento acompaña la transición de los naranjas a los malvas y rosáceos, mientras en la lejanía pequeños bancos de niebla difuminan los puntiagudos brotes que se tornan en marrones cada vez más oscuros, pagodas que surgen como colmillos de la tierra y atrapan nuestra sensibilidad para siempre.
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