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13 de agosto de 2012

Sobre los pasos en Hondarribia

Serán caprichos de Guadalupe, o de San Marcial...
Había pasado mucho tiempo deseando conocer Hondarribia, la Bahía de Txingudi y sus alrededores, pero nunca imaginé visitar la zona tres veces en menos de un año.
El mar en la desembocadura del Bidasoa sigue tranquilo, como la primera vez, con la flota amarrada y el barquito que hace las veces de taxi para conectar con Hendaya, dando paseos arriba y abajo, por 1,70€. La parte vieja, empedrada y tranquila, continúa esperando el Alarde para rendir sus ecos; mientras, sólo los niños ponen melodía a estos balcones, tan simples como encantadores. El monte, vasco y verde, claro.
En un año poco puede cambiar en una escenificación tan perfecta de las costumbres y el estilo de vida, así que sólo traemos algunas fotos y la historia de un gato escurridizo, celoso de quien pisa su parque sin maldad y cagueta con el que puede tenerla. Será que se las sabe todas.
Y una última foto, infiltrada: un atardecer cualquiera en Elorrio, en el Duranguesado vizcaíno.

21 de enero de 2012

Hondarribia: Jaizkíbel, Txingudi

La costa cantábrica es caprichosa y quebrada, con ese juego de entrantes y salientes que parecen el pulso nervioso de un niño inventando un mapa o una cordillera en el horizonte. Al Norte de Hondarribia- hasta 1980, Fuenterrabía-, el Cabo Higuer rompe el arco que baña el Golfo de Vizcaya y protege la Bahía de Txingudi, mansas marismas y arenales que hemos colonizado y dibujado con un curioso perfil de espigones y pistas de aterrizaje encajados con la rendición del Bidasoa.
Los vascos son como los galos en los cómics de Astérix para los romanos: irreductibles, le dan la cara al mar y al monte. No descuidan su territorio: lo conocen, lo transmiten, lo respetan y lo disfrutan, vitaminas para el nacionalismo pero a la vez semillas de éste, que se agarra a la tierra que pisamos como ninguna otra política.
Hondarribia vive la dialéctica del verde y el azul: bajo los balcones de la calle San Pedro del barrio portuario tomando unas croquetas caseras, entre las murallas de la parte vieja (Alde Zaharra) que se asoma a Hendaya y en la Ermita de Guadalupe, en las faldas de Jaizkíbel; mar por un lado, prados y bosques por otro, paredes blancas, tejas rojas, callejas empedradas. Y el Alarde es en verano.