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9 de septiembre de 2011

Sevilla 360º

¿Qué tienen en común Sevilla y un plato de sopa- además de la temperatura-? La respuesta es una superficie tan horizontal que aburre a las hormigas.
A 75 kilómetros en línea recta desde la ciudad a la desembocadura del Guadalquivir, el relieve es tan homogéneo que el río apenas desciende en ese trayecto el equivalente a un tercer piso; provoca que lugares con apenas dos metros de desnivel relativo con su entorno sean llamados "altozano"; y que para el ecosistema de marisma sea necesario distinguir en el mapa topográfico el medio metro de profundidad de un lucio cualquiera.
Así dispuestos los elementos, la capital andaluza no cuenta con ni un solo mirador natural. Unicamente la cornisa oriental del periférico Aljarafe permite vistas sobre la ciudad, con algunos balcones que dejan descifrar el cada vez más desordenado e inextricable jeroglífico metropolitano. Sin embargo, el más internacional de los monumentos de la ciudad- la Giralda- es un magnífico escaparate paisajístico, no sólo porque es un hito visible desde cualquier punto de la ciudad, sino porque desde su campanario podemos alcanzar con la vista cada rincón entre el patio de los naranjos y la Sierra de Grazalema.
La mirada se pierde en un horizonte sin obstáculos, mostrándose la ciudad como un manto blanco estirado con casas de no más de 3 ó 4 plantas dispuestas en calles tortuosas y umbrías en primer término- el centro histórico-, y luego con anchas avenidas abiertas al sol y nuevas construcciones en altura que desbordan la compacidad y comodidad de la ciudad tradicional. No obstante, sólo recientemente se ha dejado seducir Sevilla por la obscenidad de los rascacielos, arquitectura foránea en el contexto urbano mediterráneo; importación hortera y trasnochada del concepto "moderno".
Hasta hace no mucho éste era el único lugar público en el que poder interpretar la ciudad desde dentro, pues el resto de edificios de envergadura considerable son privados. Ahora eso ha cambiado- los abuelos y sus nietos lo agradecen- con la apertura al público del mirador Metropol Parasol, conocido popularmente como "las setas de la Encarnación". A una altura mucho más modesta que la Giralda, pero en una localización igualmente privilegiada, su voladizo se levanta suavemente sobre las terrazas y azoteas culminantes de impolutas paredes encaladas; nos muestra un conjunto urbano abigarrado y de calles y callejones trazados como pinceladas de niño; y nos deja conocer cada torre, iglesia o puente que surge a empellones del manto albo, como queriéndose hacer un hueco entre nuestros ojos y un sevillano cielo azul que desde esta perspectiva cada vez parece más ancho.

17 de abril de 2011

Terapia de choque en Sevilla: Metropol Parasol

Ciudad de recias e incontestables tradiciones, Sevilla se resiste a los cambios. Cualquier alteración de los más arraigados hábitos o cualquier mínima propuesta medianamente progresista lleva siempre a la queja del "sevillanismo" recalcitrante, es una amenaza al paso de cirios y nazarenos. Todo sea por perpetuar aquello en lo que acérrimamente creen los que ven en esta ciudad el mejor lugar para vivir del mundo... incluso a costa de no salir en sus vidas de los límites visuales del Guadalquivir, Chipiona o Matalascañas.
Sin embargo, muy de vez en cuando, los muros de contención de la ley del incienso y el farolillo son superados y se ponen en marcha nuevas iniciativas, como la paupérrima rima que da el nombre de Metropol Parasol: espacio público, entorno histórico, recuperación de espacio cívico y arquitectura contemporánea, por supuesto aliñados con unas gotas de esa nefasta gestión que acompaña (casi) siempre los proyectos de la ciudad. Retrasos, reformulación de presupuestos, "donde dije digo, digo diego", etc. Nada nuevo en este amanecer si no fuese porque en el corazón histórico de Sevilla por fin se ha actuado en un lugar que lo pedía a gritos (La Encarnación), y se ha hecho de la forma menos verosímil posible con el odio y temor a los cambios que los sevillanos tienen.
Una ciudad enamorada de pasear sus calles (al final se ha reconocido que peatonalizar no es malo), en una llanura ideal para hendirla al paso de bicicletas (tampoco las dos ruedas a pedales lo son), obligada a mantener su historia y edificios, en la que las sombras son oasis de placer y el comercio de barrio y su cultura una realidad, ahora lo tiene todo junto, apostando por la diversidad, la novedad, el contraste y, que no falte, un poco de incompetencia, chapuza y catetismo, éso que gusta tanto sacar de Andalucía en la televisión.