Mostrando entradas con la etiqueta frailecillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta frailecillo. Mostrar todas las entradas

5 de marzo de 2013

Islandia (XVIII), la hora de las ballenas. ¿Y las ballenas?

Nos retorcimos y desperezamos dentro de los sacos. En la casa todo seguía tranquilo; nadie había cogido aún uno de esos cientos de libros que poblaban las estanterías, repletos de historias, fotos y mapas islandeses. La habitación estaba llena de luz y algo agitaba nuestros corazones. Los rayos del sol se escapaban por entre las nubes y no hacía falta descorrer la tibia cortina para darse cuenta de ello; el cielo volvía a mostrar pellizcos azules y las nubes podían ser algo más que compactos macizos negruzcos. Algo estaba cambiando sobre Kópasker, uno de esos pueblos con cuarenta viviendas, cuarenta jardines y cuarenta bicicletas apoyadas junto a la puerta, un surtidor de gasolina, un puerto y alguna industria de transformación.
A estas alturas, decir que preveíamos un día intenso parece broma, pero la realidad era que lo habíamos marcado con un color especial en el calendario y el mapa. Nos esperaban el avistamiento de cetáceos y una zona volcánica y geotérmica, origen ésta de todos mis trastornos posteriores.
No suelo hacer mucho caso de los folletos turísticos ni de lo que se anuncia con fanfarria; más bien soy reacio, pero a veces, vete tú a saber por qué, hay que pasar por el aro.

Habíamos pagado 68€ (nada de coronas islandesas) por persona para cuatro horas de navegación en un viejo y restaurado velero que incluían: avistamiento de ballenas rorcuales, jorobadas e incluso azules en Skjálfandi, una bahía de origen glaciar y hoy desembocadura de ríos salmoneros; aproximación a la colonia de frailecillos que anida en la isla Lundey; "north sailing" (navegar a ratos sin motor y zamarreando cabos y velamen); y un dulce con chocolate caliente, chorreón de licor voluntario. Se incluía la ropa de abrigo. El principal reclamo eran las ballenas y sus acrobacias, pero a duras penas vimos a lo lejos el lomo o la aleta caudal de alguna, mientras las perseguíamos cual niño detrás de una pelota. Las aves, como es lógico, salián despavoridas cuando se acercaba la embarcación.
No era un mal día de mar, pero tampoco su superficie un pellejo estirado. Los mareos, como los bostezos, se contagiaron por segundos: ¡papillas a babor! Muchos, tal vez todos, salimos de allí con la sensación de haber tirado el dinero, de que por cada pasajero que ve una ballena bailar break-dance, hay quinientos- o mil, o diezmil- que recordarán toda su vida cómo sonreía agradecido el empleado que le cobró. "Será inolvidable", dicen los folletos. También será cuestión de suerte, que no tuvimos, aunque ellos contabilicen esos chepazos como avistamiento igual que un triple mortal carpado: 99% de éxito, también dicen. Húsavík, un próspero y acicalado pueblo costero, vive- y bien- de éste y otros negocios turísticos que crecen al son del mar.
Moraleja: parece dogmático que como turista tengas siempre que soportar precios abusivos. Previo aviso, se puede evitar. Si estás cerca de Húsavík visita el pueblo, el puerto, su museo de las ballenas, el de los falos si eres curioso y tienes tiempo... y huye al lago Mývatn y sus alrededores: está cerca, es gratis, inolvidable, dificilmente descriptible y, probablemente, será uno de los lugares más radicales que visites en tu vida. El Krafla retumbará para siempre en tu cabeza.

5 de enero de 2013

Islandia (XV). Lo que cuesta un frailecillo

Un viaje siempre tiene unos lugares y objetivos que justifican el esfuerzo; visitarlos es una recompensa. Nadie se plantea, por ejemplo, ir a Roma y no ver el Coliseo. Nosotros en Islandia queríamos ver frailecillos, puffins, una simpática y entrañable ave marina con aspecto de peluche y no más de dos palmos de altura, desconfiada, escurridiza, que anida en escondites rocosos de la costa y que come peces a granel.
En las cercanías de Vík, entre Reynisdrangar y Dyrhólaey, no hubo manera de encontrarlos. En Djúpivogur, poco antes de Berunes, llegamos tarde para embarcar hacia la isla de Papey; se nos agotaban las oportunidades.
Con el mal tiempo sobre las orejas y tras 50km de pista hacia nuestro alojamiento, apenas nos quedaba por superar un collado de unos 400 metros de altitud. Como las nubes estaban muy bajas, a poco que subimos, empezó a llover y, enseguida, a caer aguanieve. El camino no era peligroso en condiciones normales, pero un presentimiento me recorrió: encontrarnos bloqueados al día siguiente por una nevada en un confín islandés; sin salida por tierra, mar o aire, en un pueblo remoto de 150 habitantes, entre vertiginosos barrancos costeros.
Cuando llegamos a nuestro hostal, una casa que compartíamos con un grupo de voluntarios ambientales, el encargado nos comentó que podíamos encontrar frailecillos al final de la carretera, varios kilómetros más adelante. Efectivamente, allí, en la última Thule, junto a un diminuto puerto pesquero y sobre una roca cubierta de hierba moteada por mil escondites, se encontraba la zona de reserva donde anidaban.
Soportamos viento y lluvia gélidos, pero nos lo pasamos pipa viendo desde lejos sus patosos despegues y los simpáticos paseos a lo Groucho Marx, de apariencia pensativa con las alas recogidas y la cabeza inclinada hacia delante. Por la experiencia, el lugar y sus habitantes, se ha convertido en una bellísima vivencia que recordaremos siempre.
¿Y qué pasó al día siguiente?

Llovía con suavidad y persistencia. Pasamos una zona en obras y la subida se empezó a teñir de blanco; 3, 2, 1ºC, copos como soles. La pista se cubrió con una capa de nieve cada vez más gruesa hasta que el Qashqai empezó a patinar. Era imposible continuar y también dar la vuelta, así que nos dejamos caer con prudencia, soltando el freno y siguiendo nuestra propia rodada para evitar el abismo de la derecha. Pasó una camioneta con ruedas de gigante (como un gran danés al lado de un chihuahua) y le preguntamos a su conductor por nuestras posibilidades; amablemente nos dijo que él mismo avisaría para que viniese una quitanieves.
No había pasado una hora cuando allí, en lo más remoto de la isla, estaba el operario trabajando con su máquina. Nos colocamos detrás y pasamos, con diligencia pero sin desprendernos aún del susto, sobre una capa de agua, nieve y hielo que todavía me retuerce el pescuezo. En aquella hora escasa sólo pudimos consolarnos pensando this is not Spain; y menos mal. Fueron dos kilómetros y 400 metros de altitud, pero también será una experiencia para toda la vida.