La estación de destino no es más que un cubículo encalado con un par de carteles, Duesaigües-L'Argentera, a mitad de camino entre Tarragona y las tierras catalanas del Ebro. La zona es uno de esos reductos para los enemigos de las masificaciones; uno de esos enemigos para los amantes de lo inmediato y la privatización de lo común.
Cobijados por pinos y matorrales buscamos nuestro camino, una agradable y sencilla pista pavimentada en continua ascensión, perfecta para que a todos los lugareños les funcione divinamente la batería. Desde la cima del cerro de Santa Bárbara (que da nombre a la ermita culminante), sobre la iglesia románica de Sant Miquel, la vista es privilegiada, con buena parte de la costa tarraconense al frente y la Sierra de Pradell a la espalda, paredes verdes que dejan entrever rocas calizas y areniscas hasta perderse la panorámica por La Mussara, al Norte. El que puso la primera piedra de esta mansión señorial- hoy Bien de Interés Cultural- tonto no era, eso está claro.