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8 de diciembre de 2012

Sant Miquel d'Escornalbou, rojo sobre verde

Que me llamen loco, pero me gusta madrugar, ver amanecer, comprobar cómo crece el día y aprovechar la luz. A veces la recompensa por salir a la calle cuando los grillos todavía están de marcha es mayúscula: cielos oníricos y paisajes que aún son sólo un esbozo, el romanticismo del silencio en cualquier lugar.

El Castillo-Monasterio Sant Miquel d'Escornalbou nos invitó a levantarnos pronto, ponernos calzado cómodo y, desde el tren, ver cómo el mundo se tiñe de color, despuntando en el horizonte, sobre el mar, los rojos y amarillos mientras la Sierra Prelitoral Catalana se cubre, como si alguien estuviese extendiendo un manto, con el verde del bosque mediterráneo.
La estación de destino no es más que un cubículo encalado con un par de carteles, Duesaigües-L'Argentera, a mitad de camino entre Tarragona y las tierras catalanas del Ebro. La zona es uno de esos reductos para los enemigos de las masificaciones; uno de esos enemigos para los amantes de lo inmediato y la privatización de lo común.
Cobijados por pinos y matorrales buscamos nuestro camino, una agradable y sencilla pista pavimentada en continua ascensión, perfecta para que a todos los lugareños les funcione divinamente la batería. Desde la cima del cerro de Santa Bárbara (que da nombre a la ermita culminante), sobre la iglesia románica de Sant Miquel, la vista es privilegiada, con buena parte de la costa tarraconense al frente y la Sierra de Pradell a la espalda, paredes verdes que dejan entrever rocas calizas y areniscas hasta perderse la panorámica por La Mussara, al Norte. El que puso la primera piedra de esta mansión señorial- hoy Bien de Interés Cultural- tonto no era, eso está claro.