Siempre aparentan tener algo que decir, desde que el alba despierta las primeras sombras sobre los tejados, hasta que el crepúsculo poniente declina sus vagas luces entre las suaves colinas alzadas en verde. Son los puntos fijos de este Sur, alemán, que abre- aquí- el telón de la Selva Negra.
Como niños que pelean por una piñata, los dos titanes de Friburgo- la torre de Schlossberg y su catedral gótica- muestran con desdén sus radicales fuerzas de piedra, madera y metal, robustas simetrías que sólo el bosque y las calles viejas consiguen apaciguar. Igual que en una partida de ajedrez, las viejas puertas de acceso a la ciudadela amurallada cumplen su papel estratégico (Suabos, Martin y Breisach): durante la noche todo queda tan tranquilo que hasta un ratón husmeando puede escucharse desde lejos.
El suelo empedrado es una alfombra para las costuras de hierro que mueven a esta ciudad universitaria, heterogénea y feliz, final de trayecto para el repiqueteo del tranvía y de su campanilla juguetona; un vivo masaje para las mil y una bicicletas; una excusa tras la que esconder canaletas de agua tan fresca como el primer aire de la mañana. Delicioso strudel.
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17 de abril de 2012
9 de enero de 2012
Schwarzwald, selva a la alemana
Aunque no en exclusiva, la infancia es la edad de la imaginación, la de creer en mundos fantásticos. Yo ya no era tan pequeño la primera vez que escuché hablar de la Selva Negra- tal vez estaba más cerca de los quince años que de los diez-, pero con la Geografía, los topónimos y los paisajes siempre he tenido una especie de filiación genética.
En mi mente aparecía como un apelmazado bosque de coníferas con las ramas quebradas, con una bruma tan densa que las sombras eran negras como una familia de grillos, con lagos espectrales y temperaturas horrendas, tanto que nada ni nadie se atrevía a habitar aquellas tierras. En verano algo de luz se filtraba, pero apenas se advertían el cielo y unos leves toques verdes por el suelo y las copas, como un león enjaulado que te permite acercarte porque huele su comida.
Hasta aquí las suposiciones. Al sur de Alemania y de la gran llanura que barre Europa desde el norte de los Cárpatos hasta el Canal de la Mancha, con los costurones de los ríos Vístula, Óder, Elba y Rin, la realidad es la de una inabarcable alfombra verde de abetos y prados perfectos para la siesta- salpicada por pueblecitos con casas de techo en forma de faldón- que tienen su techo en el Feldberg (1.493 msnm), su capital en la cuidada Friburgo (otro día, más tranquilamente) y su balneario en Baden-Baden, ciudad tan insípida y redicha como popular entre entre esos misteriosos elementos fiscales (rusos a ser posible) que sólo pagan con billetes de 500€.
En mi mente aparecía como un apelmazado bosque de coníferas con las ramas quebradas, con una bruma tan densa que las sombras eran negras como una familia de grillos, con lagos espectrales y temperaturas horrendas, tanto que nada ni nadie se atrevía a habitar aquellas tierras. En verano algo de luz se filtraba, pero apenas se advertían el cielo y unos leves toques verdes por el suelo y las copas, como un león enjaulado que te permite acercarte porque huele su comida.
Hasta aquí las suposiciones. Al sur de Alemania y de la gran llanura que barre Europa desde el norte de los Cárpatos hasta el Canal de la Mancha, con los costurones de los ríos Vístula, Óder, Elba y Rin, la realidad es la de una inabarcable alfombra verde de abetos y prados perfectos para la siesta- salpicada por pueblecitos con casas de techo en forma de faldón- que tienen su techo en el Feldberg (1.493 msnm), su capital en la cuidada Friburgo (otro día, más tranquilamente) y su balneario en Baden-Baden, ciudad tan insípida y redicha como popular entre entre esos misteriosos elementos fiscales (rusos a ser posible) que sólo pagan con billetes de 500€.
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