Siempre aparentan tener algo que decir, desde que el alba despierta las primeras sombras sobre los tejados, hasta que el crepúsculo poniente declina sus vagas luces entre las suaves colinas alzadas en verde. Son los puntos fijos de este Sur, alemán, que abre- aquí- el telón de la Selva Negra.
Como niños que pelean por una piñata, los dos titanes de Friburgo- la torre de Schlossberg y su catedral gótica- muestran con desdén sus radicales fuerzas de piedra, madera y metal, robustas simetrías que sólo el bosque y las calles viejas consiguen apaciguar. Igual que en una partida de ajedrez, las viejas puertas de acceso a la ciudadela amurallada cumplen su papel estratégico (Suabos, Martin y Breisach): durante la noche todo queda tan tranquilo que hasta un ratón husmeando puede escucharse desde lejos.
El suelo empedrado es una alfombra para las costuras de hierro que mueven a esta ciudad universitaria, heterogénea y feliz, final de trayecto para el repiqueteo del tranvía y de su campanilla juguetona; un vivo masaje para las mil y una bicicletas; una excusa tras la que esconder canaletas de agua tan fresca como el primer aire de la mañana. Delicioso strudel.
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17 de abril de 2012
10 de abril de 2012
Estrasburgo, lady Europa
Si con un mapa en la pared cualquiera intenta hacer diana en el centro de la Europa clásica, las posibilidades de aprender dónde se encuentra Estrasburgo son elevadas. No es casualidad que la capital de Alsacia sea sede de importantes instituciones internaciones desde que hace casi un siglo las inventamos, como el Consejo de Europa.
Su estratégica ubicación es equidistante del Mar del Norte y del Mediterráneo, de Zurich y Luxemburgo, París o Milán, Ginebra o Bruselas. Excéntrica al núcleo de las grandes capitales, pero en el camino de una vía fluvial vital- el río Rin, navegable en 883 de sus 1.230 km desde los Alpes hasta la llanura atlántica-, al borde de Alemania y Suiza, y con todo lo que se le pide a una gran ciudad: universidad, cultura, industria, centros de decisión y delicadeza.
La ciudad, atenta y tradicionalmente dependiente de las crecidas fluviales en un relieve tan sencillo como apagar la luz, se configura según los caprichos del río Ill-antes de tributar al Rin- y todo su sistema hídrico, del que una miríada de canales ha formado islas sobre las que crecer el tejido urbano, como la Grande Ile... y una catedral gótica tan alta que hasta los pájaros se cansan por subirla, tan extraordinaria que el reloj astronómico que contiene se siente insípido en su vanidad, y tan omnipresente en el paisaje que el calificativo de Patrimonio de la Humanidad para su centro histórico pasa de puntillas.
De esa abundancia de agua, los puentes y jardines surgen como la fruta fresca, vívidos y deliciosos. Sus flores y las fachadas con retoques en madera dando la cara a los canales, tienen otra explicación: la del gusto, como esa Petit France maquillada para su enésimo acto con tanta delicadeza y dulzura que sólo le falta bastidor y lienzo para ser impresionista.
Su estratégica ubicación es equidistante del Mar del Norte y del Mediterráneo, de Zurich y Luxemburgo, París o Milán, Ginebra o Bruselas. Excéntrica al núcleo de las grandes capitales, pero en el camino de una vía fluvial vital- el río Rin, navegable en 883 de sus 1.230 km desde los Alpes hasta la llanura atlántica-, al borde de Alemania y Suiza, y con todo lo que se le pide a una gran ciudad: universidad, cultura, industria, centros de decisión y delicadeza.
La ciudad, atenta y tradicionalmente dependiente de las crecidas fluviales en un relieve tan sencillo como apagar la luz, se configura según los caprichos del río Ill-antes de tributar al Rin- y todo su sistema hídrico, del que una miríada de canales ha formado islas sobre las que crecer el tejido urbano, como la Grande Ile... y una catedral gótica tan alta que hasta los pájaros se cansan por subirla, tan extraordinaria que el reloj astronómico que contiene se siente insípido en su vanidad, y tan omnipresente en el paisaje que el calificativo de Patrimonio de la Humanidad para su centro histórico pasa de puntillas.
De esa abundancia de agua, los puentes y jardines surgen como la fruta fresca, vívidos y deliciosos. Sus flores y las fachadas con retoques en madera dando la cara a los canales, tienen otra explicación: la del gusto, como esa Petit France maquillada para su enésimo acto con tanta delicadeza y dulzura que sólo le falta bastidor y lienzo para ser impresionista.
9 de febrero de 2012
Munich, veinte años guardando recuerdos
En 1990 Gorbachov recibió el Premio Nobel de la Paz e Irak invadió Kuwait, punto de partida para la actual política occidental de control de los recursos energéticos: el terrorismo de pleno derecho. El verano de aquel año yo descubría el Big Mac en Viena, saboreaba el auténtico chocolate suizo y vestía por las calles de Munich una camiseta de la selección alemana de fútbol que aún guardo con cariño.
Fue un viaje para descubrir y conocer muchos lugares, pero con el paso del tiempo nos damos cuenta de que sirvió para guardar recuerdos en un cofre que poder ir abriendo de vez en cuando, inesperadamente. Y tan intensos son que nunca nos hizo falta ver el vídeo que grabó la abuela aquellos días- nunca pudimos hacer acopio de tanta fuerza-, ni siquiera echar un vistazo a unas fotos a las que sólo dos décadas más tarde somos inmunes.
Veinte años después de aquel viaje volvimos a reencontrarnos con Munich, pero sobre todo con la Marienplatz, como si hubiese una fuerza superior que nos llevase hasta allí para recordarnos lo que somos. La ciudad seguía espléndida a orillas del río Isar, con ese aire de fresca libertad que da el verano y que los bávaros aprovechan haciendo correr la cerveza.
Porque las lágrimas no son malas compañeras cuando nos recuerdan a los que nos han hecho felices y ya no están, ahora sonreímos y rebosamos con los nuevos que han llegado para renovarnos las fuerzas.
Fue un viaje para descubrir y conocer muchos lugares, pero con el paso del tiempo nos damos cuenta de que sirvió para guardar recuerdos en un cofre que poder ir abriendo de vez en cuando, inesperadamente. Y tan intensos son que nunca nos hizo falta ver el vídeo que grabó la abuela aquellos días- nunca pudimos hacer acopio de tanta fuerza-, ni siquiera echar un vistazo a unas fotos a las que sólo dos décadas más tarde somos inmunes.
Veinte años después de aquel viaje volvimos a reencontrarnos con Munich, pero sobre todo con la Marienplatz, como si hubiese una fuerza superior que nos llevase hasta allí para recordarnos lo que somos. La ciudad seguía espléndida a orillas del río Isar, con ese aire de fresca libertad que da el verano y que los bávaros aprovechan haciendo correr la cerveza.
Porque las lágrimas no son malas compañeras cuando nos recuerdan a los que nos han hecho felices y ya no están, ahora sonreímos y rebosamos con los nuevos que han llegado para renovarnos las fuerzas.
Este post está dedicado a la memoria de mi padre, por mucho que pase el tiempo.
9 de enero de 2012
Schwarzwald, selva a la alemana
Aunque no en exclusiva, la infancia es la edad de la imaginación, la de creer en mundos fantásticos. Yo ya no era tan pequeño la primera vez que escuché hablar de la Selva Negra- tal vez estaba más cerca de los quince años que de los diez-, pero con la Geografía, los topónimos y los paisajes siempre he tenido una especie de filiación genética.
En mi mente aparecía como un apelmazado bosque de coníferas con las ramas quebradas, con una bruma tan densa que las sombras eran negras como una familia de grillos, con lagos espectrales y temperaturas horrendas, tanto que nada ni nadie se atrevía a habitar aquellas tierras. En verano algo de luz se filtraba, pero apenas se advertían el cielo y unos leves toques verdes por el suelo y las copas, como un león enjaulado que te permite acercarte porque huele su comida.
Hasta aquí las suposiciones. Al sur de Alemania y de la gran llanura que barre Europa desde el norte de los Cárpatos hasta el Canal de la Mancha, con los costurones de los ríos Vístula, Óder, Elba y Rin, la realidad es la de una inabarcable alfombra verde de abetos y prados perfectos para la siesta- salpicada por pueblecitos con casas de techo en forma de faldón- que tienen su techo en el Feldberg (1.493 msnm), su capital en la cuidada Friburgo (otro día, más tranquilamente) y su balneario en Baden-Baden, ciudad tan insípida y redicha como popular entre entre esos misteriosos elementos fiscales (rusos a ser posible) que sólo pagan con billetes de 500€.
En mi mente aparecía como un apelmazado bosque de coníferas con las ramas quebradas, con una bruma tan densa que las sombras eran negras como una familia de grillos, con lagos espectrales y temperaturas horrendas, tanto que nada ni nadie se atrevía a habitar aquellas tierras. En verano algo de luz se filtraba, pero apenas se advertían el cielo y unos leves toques verdes por el suelo y las copas, como un león enjaulado que te permite acercarte porque huele su comida.
Hasta aquí las suposiciones. Al sur de Alemania y de la gran llanura que barre Europa desde el norte de los Cárpatos hasta el Canal de la Mancha, con los costurones de los ríos Vístula, Óder, Elba y Rin, la realidad es la de una inabarcable alfombra verde de abetos y prados perfectos para la siesta- salpicada por pueblecitos con casas de techo en forma de faldón- que tienen su techo en el Feldberg (1.493 msnm), su capital en la cuidada Friburgo (otro día, más tranquilamente) y su balneario en Baden-Baden, ciudad tan insípida y redicha como popular entre entre esos misteriosos elementos fiscales (rusos a ser posible) que sólo pagan con billetes de 500€.
22 de noviembre de 2011
Bodensee, fronteras de agua
Alemania, Suiza y Austria son, seguramente, los países que mejor representan la seriedad, formalidad y rectitud que tanto caracterizan el modelo centroeuropeo de sociedad, distante años luz del espíritu vital mediterráneo. Tanta sobriedad elimina improvisación y extravagancias, difumina la personalidad del individuo en el grupo social organizado como un segundero y resta fuerza a cualquier posibilidad de aventura. Sin embargo, nos regala ciudades creadas en la imaginación de un pintor, paisajes de sueño infantil y un baile entre silencio y respeto que muchos envidiamos.
El Lago Constanza, con ese viejo remedio de utilizar lo indivisible para separar, hunde las aguas del Rin entre estos tres países, sitiado por más de dos millones de personas pero sin perder su identidad ni credibilidad de color verde; porque bastan unos pocos lugares de Europa para comprender que la teoría española del ladrillo es un disparate.
El Lago Constanza, con ese viejo remedio de utilizar lo indivisible para separar, hunde las aguas del Rin entre estos tres países, sitiado por más de dos millones de personas pero sin perder su identidad ni credibilidad de color verde; porque bastan unos pocos lugares de Europa para comprender que la teoría española del ladrillo es un disparate.
12 de junio de 2011
Berlín, la ciudad prodigiosa
Eduardo Mendoza, en su novela "La ciudad de los prodigios", pone de relieve la capacidad de la ciudad de Barcelona para revolucionarse a sí misma. Hoy, desgraciadamente, la capital catalana se encuentra lejos de poseer ese talento. Sin embargo, sí que hay una ciudad que me ha dado la impresión de ser realmente prodigiosa, aún más allá del título de la novela.
Berlín, una de las etiquetas más importantes que posee el siglo XX- vamos tan rápido que ya casi empezamos olvidar lo que ha significado-, se ha reinventado a sí misma: en su cultura urbana, su arquitectura, su juventud y apertura, su urbanismo, su estilo, su mestizaje y sus tendencias. Tras ser el ejemplo perfecto de la dictadura y decadencia que ejercen las armas, fronteras y alambradas, es una ciudad que vive el presente de forma intensa, mirando al futuro con energía y llevando con orgullo una memoria histórica de la que muchos tendrían que aprender; es la punta de lanza de un patrón sociológico que toda Alemania sigue.
Los nombres del plano de la ciudad no pueden ser más evocadores: Unter den Linden, Brandenburger Tor, Spree, Reichstag, Tiergarten, Mitte, Berliner Mauer, Alexanderplatz, Kreuzberg... Yo, si pudiese, tripitía Berlín.
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