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14 de octubre de 2013

Delta del Ebro solo hay uno

La diferencia entre un delta y un estuario en la desembocadura de un río es una de las primeras lecciones que recuerdo sobre Geografía. Por supuesto en en el colegio, y seguramente el mismo día que nos enseñaron qué son las montañas y los valles,. Y luego la cabeza se llenó de capitales: Belgrado, Jartum, Yakarta, Bamako...
Años más tarde, muchos, después de volar sobre el Delta del Ebro rumbo a Barcelona, recuerdo cómo me bajaba del avión con dolor de cuello: no hacía otra cosa que mirar por la ventanilla. Su forma era una filigrana caprichosa de líneas pulidas por la erosión y la sedimentación; el viento, las mareas y el cauce trazaban un enorme espacio que hasta entonces solo conocía dibujado en mapas.
Hay quien piensa que un río es un canal de agua que desemboca en el mar; y toda lo que efectivamente llega a éste es un exceso de caudal que podría ser aprovechado para consumo humano y agrícola, entendiendo que el regadío, la urbanización y la industria son siempre lógicos y merecen cualquier esfuerzo técnico por encima del coste medioambiental y territorial. Al fin y al cabo, ¿quién lo evalúa monetariamente? Así sería un breve resumen de la política hidráulica española: la de construcción de embalses a destajo, la de trasvases para zonas semidesérticas superpobladas, la del litoral masificado, la del agua para la huerta intensiva, la de las canalizaciones obsoletas. Vegetación, aves, fauna piscícola, riberas, ecosistemas, que les den mientras haya quien pueda llenarse el bolsillo.
Hoy el Delta del Ebro es un territorio extremadamente valioso y singular (como su gente), que debe su existencia al río más largo y caudaloso de la Península Ibérica, y su actividad económica a la voluntad de los pueblos ribereños de su último tramo, que han modelado un paisaje completamente plano pero con identidad propia. Su importancia como humedal está fuera de toda duda -reconocido por figuras de protección ambiental internacionales (Zona de Especial Protección para las Aves, Convenio Ramsar y Reserva de la Biosfera)-, igual que su fragilidad ambiental: el aporte de sedimentos desde la cabecera del río Ebro y sus afluentes (Pirineos, Cordillera Cantábrica y Sistema Ibérico) ha hecho posible la conformación de este espacio ganándole terreno al mar, sin voluntad humana directa y a lo largo de muchos siglos. Pero la regulación de los caudales y la interrupción del proceso sedimentario (trasvases, grandes embalses y presas hidroeléctricas) ponen en serio riesgo su dinámica natural y toda la vida que sobre él se desarrolla.
El delta está en regresión, perdiendo metros año tras año en su lucha incesante con la erosión marina y los temporales; la intrusión salina es una realidad catastrófica para los arrozales y las especies de agua dulce, y por el camino perderemos hábitats y sistemas dunares de incalculable valor, así como la pervivencia de formas de vida tradicionales (agricultura y pesca, sobre todo). Por supuesto también nos quedaríamos sin el maná de esta sociedad y nuestros políticos, esos que ni piensan ni escuchan: el turismo.
Las fotografías están tomadas de un agradable paseo en bicicleta y a pie por la margen izquierda del delta, entre l'Ampolla, Deltebre, el faro del Garxal y la Punta del Fangar, cruzando canales, bordeando arrozales, esnifando sal y tostándonos con el inclemente sol que aplaca esta tierra desde el final de la primavera.

6 de agosto de 2012

Montar en bici nunca se olvida

Un mes después sigo sin explicarme cómo ha podido ocurrir. Se me hace difícil creer que he pasado prácticamente nueve meses sin tocar la bicicleta, viéndola coger polvo y apenas prestarle atención, con un sentimiento de morriña que tapaba con una venda en forma de zapatillas para correr. Y eso por no hablar de los casi dos años sin encontrarle la motivación. Tras las llamas y la destrucción del mundo, éste vuelve a su origen, conflagración mediante; la historia se repite.
El viento en la cara y su bufido en las orejas, la suave sensación de deslizar las ruedas por el asfalto, ágiles o tozudas pedaladas una detrás de otra, arriba y abajo, llanos, lomas, montañas, bosques, ríos, prados, campos de labranza. Una salida en bici es una clase doméstica de realidad, de Geografía, un batiburrillo de paisajes que se mezclan entre las retinas y la memoria. Y un enorme ejercicio de constancia y resistencia si te lo propones.
Parece que la chispa se ha encendido de nuevo en Tarragona, donde las carreteras tranquilas y agradables suman muchos kilómetros. Tenía ganas, las había acumulado entre tanta milla recorrida a zancadas. El ciclismo requiere de más tiempo que la carrera a pie, es cierto, pero disfruto como un cochino entre bellotas de cada uno de esos segundos. Los viñedos y pinos de mi nueva tierra adoptiva ya me saludan al pasar, y me ofrecen nuevos horizontes.
¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin montar en bicicleta? El eterno retorno, dicen.

21 de abril de 2011

Y de repente... 117 kilómetros

Tenía ganas de una ruta larga, de las que te dejan cansado, sobre todo cuando le has perdido el hábito a cuatro horas encima de la bicicleta y hace mucho que no has estirado las reservas de glucógeno de tus piernas. El día estaba feo, pero quería rodar y rodar, con constancia, sin subidas duras pero tampoco sin relajarme.
Tras los primeros kilómetros llanos llegan las curvas del Garraf, con sus entretenidas curvas y repechos colgados de los escarpes montañosos, entre el mar y la roca. Una vez pasado Sitges el paisaje empieza a cambiar tan pronto como viramos hacia el interior: el bosque mediterráneo aparece más denso en las laderas y en las zonas más llanas empiezan a proliferar las vides que tan famoso han hecho al Penedès.
Cuando llegamos a Vilafranca volvemos a cambiar de dirección y bordeamos por su cara septentrional las montañas del Garraf, en largas y tenaces rectas que no son más que un preludio de la subida al puerto del Ordal. Se trata de una larga, constante y leve subida que sólo se acentúa en sus últimos kilómetros, hasta casi exasperarnos por el poco entretenimiento que ofrece.
De ahí al industrioso valle del Llobregat todo es bajada, rápida en tramos de carretera abierta y muy lenta en las travesías urbanas, hasta llegar a Molins de Rei. Pese a llevar tiempo sin hacer tantas horas de bici decido olvidarme de la versión sencilla y llana que completaría el recorrido e irme por la montañosa: mi querida Collserola. Subo la plácida y agradable Santa Creu d'Olorda y remato con el Tibidabo, techo de la etapa, antes de bajar a Barcelona y dejar tras de mí un rosario de kilómetros ensimismado dando pedales.

25 de febrero de 2011

Tourmalet y Pic du Midi de Bigorre, la leyenda y su dueño

Una vieja ley no escrita dice que cualquier veraneante ocioso que haga uso durante la sobremesa y la hora de la siesta del mando a distancia, conoce la existencia de una montaña, un puerto, un mito, llamado Tourmalet. No es casualidad, su nombre es la palabra más repetida, su ascensión es el momento más esperado, a lo largo y ancho del evento deportivo más global que exhibe a Francia ante los ojos del mundo cada año, le Tour de France. En este caso no hace falta que la realización de la carrera se esmere mucho en deleitarnos- cosa que consiguen mostrando sus paisajes de costa e interior, montaña y campiña, Macizo Central y Camarga... o lo que toque, lo bordan siempre-, especialmente si el azul del cielo es color cobalto y el verde de los prados refulge como si la fotosíntesis obrase magia.
Cualquier amante y practicante del ciclismo sabe que no es el puerto más bello ni el más duro- aunque no está exento de ninguna de esas dos cualidades-, pero su historia lo hace especial. El apego de los Hautes Pyrénées a la carrera, los nombres que han dejado su impronta, las gestas conseguidas por Luz-Saint-Sauveur o Sainte-Marie-de-Campan, en ascenso o descenso, y la admiración que más de un siglo de bicicletas retorciéndose han provocado, hacen de éste un lugar sagrado para el deporte de las dos ruedas finas, un templo para los que disfrutan de apretar los riñones a cada giro de biela, un lugar casi de peregrinaje obligado que lo llega a convertir en una romería de sudor y fotos junto al gigante de su cima.
Personalmente prefiero la vertiente de Luz por el espectáculo visual que se abre a partir de Barèges, con ambos flancos cubiertos por maravillas de la naturaleza: Pic du Midi de Bigorre al Norte y Pic d'Espade, de Campana y de Caubère al Sur, mientras las ruedas acarician el asfalto que el sol calienta y escuchamos la melodía acompasada resultado del más perfecto sistema: pulmones y corazón al unísono. Sin embargo no le hago ascos a las famosas galerías de su vertiente oriental ni al duro placer (¿estamos locos?) de los pocos kilómetros que quedan desde la estación de esquí de La Mongie a los 2.115m de la cumbre del puerto. Lo mejor, si puedes, entregarte en cuerpo y espíritu a subirlo por las dos vertientes, pues seguro que luego puedes darte un remojón en cualquiera de los ríos que descienden casi congelantes hasta el fondo de los valles y recuperarte allí de los dolores que guardes en tus piernas.
Para los amantes de caminar más que pedalear la elección no ofrece dudas: ascender a pie hasta el observatorio levantado en el Pic du Midi, a casi 2.900m de altitud. En un equilibrio casi milagroso con las rocas, da cabida no sólo a una peculiar y mastodóntica estación meteorológica de la red Météo-France y su museo, sino también a miles de excursionistas que se aventuran cada año a disfrutar de las mejores vistas del pirineo: macizo de Néouville, Monte Perdido, Pic de Long, La Munia, etc. A su espalda desaparecen los pequeños pueblos de montaña, así como los valles angostos y retorcidos y se desarrollan ciudades como Lourdes, Pau y Tarbes, vecinas de la llanura del Garona. No hay rincón aquí para despreciar tan enorme paisaje; no hay mayor protagonista que la inmensidad del relieve ni menor pequeñez que el hombre y su obra para admirarlo y conocerlo.

12 de diciembre de 2010

El pequeño tesoro de Collserola

Hoy estrenamos la variante cicloturista del blog de la mejor forma posible teniendo en cuenta cuáles los ingredientes con los que contamos en Barcelona. Para cualquier habitante de esta ciudad que guste de practicar deporte en bicicleta la Sierra de Collserola es la referencia fundamental: pulmón inmenso a la espalda de la urbe capaz de irradiar verdor por todas sus laderas, distintas posibilidades de ascenso y descenso por carreteras sinuosas, tráfico moderado o casi inexistente, estupendas vistas sobre la ciudad, el mar, el Vallés Occidental e incluso, en días claros, la no tan lejana montaña pirenaica. Para los amantes del senderismo es sin duda la mejor opción para excursiones de un día sin necesidad de traslados; hay caminos para aburrir.

No obstante, el protagonismo escénico y en las guías se lo lleva el Tibidabo- con el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón y el parque de atracciones- y, en menor medida, la torre de comunicaciones diseñada por el arquitecto británico Norman Foster. El medio más usual para subir es el transporte público, sobre todo el funicular, que remonta la vertiente oriental de esta montaña como si el desnivel no fuese impedimento. Por conveniencia, cuando pedaleo por estos lares, me viene bien comenzar por Vallvidrera y según el tiempo del que disponga y las ganas que tenga de zarandear la bicicleta, hago unas u otras subidas. Lo que tengo claro es lo que más me gusta de esta ascensión: el tramo que transcurre entre el desvío al parking del Tibidabo y el templo, apenas 800 metros a más del 10% de pendiente media, con dos dobles curvas que son una gozada.

Una de las rutas que menos realizo es la que incluye el paso por l'Arrabassada, el descenso a Sant Cugat, llegada a Cerdanyola, subida al Forat del Vent y nueva bajada hasta Barcelona; justo la que hice ayer, a la que tengo más aprecio. El motivo por el que la hago poco es que desemboco en la otra punta- según dónde vivo- de la Ronda de Dalt y tengo que rodar varios kilómetros por un recorrido que ni es ciudad ni carretera, ni sierra ni llano, con bastante tráfico,rotondas y semáforos. Sin embargo, el argumento que me impulsa siempre a hacerla es un entrañable cartel de madera que complementa a la perfección la nobleza de esta sierra, realizado por un original artista que ni siquiera es de aquí.
El origen está en la dichosa manía que tenemos los ciclistas de hacernos fotos con los carteles de los puertos de montaña, señalando su nombre y altitud. Con esta iniciativa, además, el cartel queda integrado en el entorno y la apariencia estética del lugar es entrañable: alguien ha dedicado su tiempo y sus recursos para expresar su cariño a un lugar, una montaña, una historia. Como éste hay ya varios por el relieve español- algunos de los cuales conozco-, otros han sido destruídos o eliminados, "replantados" y, por supuesto, hay proyectos para otros tantos puertos de carretera. El movimiento se expande y surgen nuevos artesanos que crean nuevos carteles, foros donde comentamos su actualidad y una persona que recopila la información y la organiza en un espacio web... admirable todo. "Ciclismo de madera y viento", "burucarteles".
Pues bien, la tranquila carretera que desde Cerdanyola conecta con Barcelona (Horta) por el Portell de Valldaura, tiene el enorme placer de lucir el cartel de "Forat del Vent", nombre que recibe del paso de una pista próxima. Son sólo 349 metros de altitud tras una ascensión no muy complicada por cualquiera de sus vertientes, pero el susodicho mojón lleva ya más de dos años en el lugar (celebrados como es debido), bien acurrucado a hurtadillas tras el quitamiedos de la carretera, en el olvido del vandalismo y con un estupendo estado de salud. La cara occidental es boscosa, la oriental más soleada y abierta a Barcelona y al mar, pero por cualquiera de las dos subes esperando trazar la última curva y ver esos sencillos trozos de madera con las raspas de pescado que utiliza como "logo" su creador.