Imposible que no te gusten las vistas, imposible que no te guste su aire fresco, imposible llegar y no tomarte un helado.
Mostrando entradas con la etiqueta ojo de pez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ojo de pez. Mostrar todas las entradas
26 de mayo de 2014
A tocar ferro
Imposible perderse, imposible no llegar, imposible no ver el balcón del Mediterráneo al final de la Rambla Nova.
14 de marzo de 2014
Tres formas de ver el Clot del Cirer
Una óptica distinta para cada imagen- angular, teleobjetivo y ojo de pez-... y el Pi (pino) del Cugat. Para gustos, deformaciones...
El Clot del Cirer es una depresión producida por la erosión diferencial sobre el conglomerado original, que ha dejado expuestos los materiales más duros. A su vez, la cavidad inferior (o balma) se debe a una menor resistencia de los materiales arcillosos respecto al macizo calcáreo superior. Y además rezuma agua, como todo buen rincón calizo que se precie.
Toda la galería completa de Un Tomb pel Montsant, aquí.
El Clot del Cirer es una depresión producida por la erosión diferencial sobre el conglomerado original, que ha dejado expuestos los materiales más duros. A su vez, la cavidad inferior (o balma) se debe a una menor resistencia de los materiales arcillosos respecto al macizo calcáreo superior. Y además rezuma agua, como todo buen rincón calizo que se precie.
Toda la galería completa de Un Tomb pel Montsant, aquí.
Etiquetas:
b/n,
blanco y negro,
Clot del Cirer,
fotografías,
Montsant,
ojo de pez,
Pi del Cugat,
senderismo,
Serra de Montsant,
teleobjetivo,
Un tomb pel Montsant
14 de mayo de 2013
Islandia (XXII). Glaumbær, granjas de hombres sabios
Tener el jardín en la puerta de casa es lo que a muchos nos gustaría; salir fuera y encontrar que la hierba crece alrededor de nuestros pies, una brisa verde y fresca que contagie buen humor. Lo raro sería hacer las lentejas con el césped sobre la cabeza...
En las áreas rurales islandesas las granjas se construían de esta curiosa forma hasta el siglo XIX, con unas pocas piedras, algo de madera y turba. De este modo, sus habitantes conseguían un estupendo aislamiento para la vivienda y emplear materiales baratos y sencillos de obtener; porque si una cosa abunda en Islandia además de volcanes y mantos de lava petrificada, es un mullido colchón de hierba verde y carnosa. El quid de la cuestión está en el ángulo de inclinación de la techumbre: si es muy plano, no escurre el agua y se filtra al interior del hogar; y si tiene demasiada pendiente se puede desmoronar en épocas secas, o no crecer la hierba por la rápida escorrentía durante las lluvias. Y si Calatrava hubiese sido granjero otro gallo cantaría...
Ya ven, casas que pueden durar un siglo hechas de suelo y raíces. Desde hace dos décadas se anuncia, vende y especula como desarrollo sostenible, pero antes se le llamaba sentido común.
El cielo azul y el sol pellizcando eran los aliados perfectos para hacerle un test de calidad al prado, echado de espaldas o comiéndote un bocadillo frente a Glaumbær... aún intuyendo que tanto montículo verde puede esconder teletubbies.
El cielo azul y el sol pellizcando eran los aliados perfectos para hacerle un test de calidad al prado, echado de espaldas o comiéndote un bocadillo frente a Glaumbær... aún intuyendo que tanto montículo verde puede esconder teletubbies.
14 de abril de 2013
Lugares distinguidos: Casa Canals y Casa Castellarnau
Me pregunto cómo pasarán a la posteridad las casas de las familias derrochadoras de nuestro tiempo, muchas de ellas geometrías cúbicas decoradas sin corazón y menos personalidad. Hay multitud de programas insípidos que hablan de ellas, pero no dicen nada que no sirva para poner el listón cultural de sus habitantes a la altura del pasto de las vacas.
En los tiempos que corren yo no decoraría mi salón con elementos neoclásicos, isabelinos o lámparas de araña, por mucho dinero que tuviera, pero en la casa de una familia distinguida de hace siglo y medio significan exquisitez. No se pueden comparar los dormitorios y sus alcobas con las habitaciones minimalistas; las bibliotecas y despachos con la revista de decoración o arquitectura como única expresión de literatura; los escudos y retratos familiares con una pintura abstracta de precio obsceno... pero apuesto a que muchas de las construcciones que hoy son singulares dentro de doscientos años serán escombros.
La diferencia está en haber pertenecido a una familia noble- y tener los privilegios propios de la época- o en tener la cabeza llena de pajaritos y aires de grandeza- en ocasiones acompañado por unos cuantos pelotazos urbanísticos-.
19 de marzo de 2013
Islandia (XX). Las entrañas de la Tierra
El suelo que pisamos en plena juventud, efervescente y febril, como asistir al comienzo de todo en una tarde, de una pasada que ojalá hubiese durado semanas. O un verano, con su invierno.
Fumarolas, solfataras y pozas de barro hirviendo en el inhóspito territorio de Námafjall. La planta geotérmica de Kröflustöð, visitable, en un entorno endiablado. Campos donde se superponen las coladas de lava. Colinas de riolita. Grjótagjá, una cueva con aguas termales en el interior de una quebrada digna del fin de los días, repleta de cavernas con avisos por riesgo de desmoronamiento. El lago Mývatn, de las "moscas enanas", con sus islas de lava y su postal de cuento élfico. Hverfjall, un cráter de 450 metros de altura y un kilómetro de diámetro, todo escoria volcánica y cenizas. Los "castillos negros" de Dimmuborgir sobre una depresión de veinte metros de profundidad, curiosos edificios de lava con formas zoomórficas y antropomórficas. Las aguas turquesa del cráter Víti, el "infierno", el corazón de este museo telúrico superlativo.
Aquí, bajo tus pies, mientras te sudan las uñas, pulula la dorsal que divide las placas tectónicas americana y euroasiática- la misma que desgarra salvajemente la falla del Parque Nacional de Þingvellir, junto al Alþingi-, dejando tras de sí cráteres de fisura y conos explosivos a lo largo de noventa kilómetros. Fenómenos naturales radicales sin tregua, la batalla constante a la estabilidad en la que creemos vivir, alimento más que suficiente para sufrir alucinaciones geológicas de por vida; cuando te revuelves estás sorprendido de nuevo, Islandia en estado puro.
Fumarolas, solfataras y pozas de barro hirviendo en el inhóspito territorio de Námafjall. La planta geotérmica de Kröflustöð, visitable, en un entorno endiablado. Campos donde se superponen las coladas de lava. Colinas de riolita. Grjótagjá, una cueva con aguas termales en el interior de una quebrada digna del fin de los días, repleta de cavernas con avisos por riesgo de desmoronamiento. El lago Mývatn, de las "moscas enanas", con sus islas de lava y su postal de cuento élfico. Hverfjall, un cráter de 450 metros de altura y un kilómetro de diámetro, todo escoria volcánica y cenizas. Los "castillos negros" de Dimmuborgir sobre una depresión de veinte metros de profundidad, curiosos edificios de lava con formas zoomórficas y antropomórficas. Las aguas turquesa del cráter Víti, el "infierno", el corazón de este museo telúrico superlativo.
Aquí, bajo tus pies, mientras te sudan las uñas, pulula la dorsal que divide las placas tectónicas americana y euroasiática- la misma que desgarra salvajemente la falla del Parque Nacional de Þingvellir, junto al Alþingi-, dejando tras de sí cráteres de fisura y conos explosivos a lo largo de noventa kilómetros. Fenómenos naturales radicales sin tregua, la batalla constante a la estabilidad en la que creemos vivir, alimento más que suficiente para sufrir alucinaciones geológicas de por vida; cuando te revuelves estás sorprendido de nuevo, Islandia en estado puro.
12 de marzo de 2013
Islandia (XIX). Krafla... de mi vida
El coche se detuvo y el motor descansó, pero algo seguía rugiendo.
Los paisajes que habíamos recorrido en los últimos kilómetros eran demenciales, un sinsentido; surrealista sea tal vez el epíteto más sencillo de utilizar, pero este lugar hay que vivirlo para creerlo. Es un exabrupto del planeta. Cráteres y conos volcánicos en todas direcciones, el suelo rojo, aquellos edificios de película futurista trasnochada, las tuberías kilométricas retorciéndose entre pendientes y vaguadas, aguas azul turquesa en lo que podría ser el infierno, las humaredas, vaharadas blancas que se pierden entre las nubes, el intenso olor a azufre. Y ese alarido constante a los pies del Krafla, una caldera volcánica en cuyos intestinos la tierra se retuerce, gime, muge. Lugar marciano, paisaje desquiciado.
No había aviones sobrevolando, era la corteza terrestre dejando paso a su alma; el cerebro humano necesita chispazos de reacción, enlazar lo que ven los ojos y su entendimiento, comprender que ese ronquido infinito que te rodea y aturde es una bestia bajo tus pies, una energía desproporcionada que los islandeses utilizan en su propio beneficio.
Ese sonido incesante lo guardo en mi interior y lo recupero cuando veo estas fotos, cuando cierro los ojos y me escondo, cuando quiero seguir sorprendiéndome con lo que nos espera ahí afuera. La experiencia es demasiado intensa, tal vez desbocada, pero es que no todos los días tienes la oportunidad de verle el rostro a la Naturaleza misma.
Desde entonces ando aún más trastocado, trastornado; perdónenmelo, pero no me lo haré ver.
Los paisajes que habíamos recorrido en los últimos kilómetros eran demenciales, un sinsentido; surrealista sea tal vez el epíteto más sencillo de utilizar, pero este lugar hay que vivirlo para creerlo. Es un exabrupto del planeta. Cráteres y conos volcánicos en todas direcciones, el suelo rojo, aquellos edificios de película futurista trasnochada, las tuberías kilométricas retorciéndose entre pendientes y vaguadas, aguas azul turquesa en lo que podría ser el infierno, las humaredas, vaharadas blancas que se pierden entre las nubes, el intenso olor a azufre. Y ese alarido constante a los pies del Krafla, una caldera volcánica en cuyos intestinos la tierra se retuerce, gime, muge. Lugar marciano, paisaje desquiciado.
Ese sonido incesante lo guardo en mi interior y lo recupero cuando veo estas fotos, cuando cierro los ojos y me escondo, cuando quiero seguir sorprendiéndome con lo que nos espera ahí afuera. La experiencia es demasiado intensa, tal vez desbocada, pero es que no todos los días tienes la oportunidad de verle el rostro a la Naturaleza misma.
Desde entonces ando aún más trastocado, trastornado; perdónenmelo, pero no me lo haré ver.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























































