2 de junio de 2013

Islandia. Jump, jump, jump!

Una imagen vale más que mil palabras, ¡y un salto su peso y altura en felicidad!
Ahora sí, este- casi- interminable resumen de Islandia termina aquí, con una entrada prevista desde el vuelo de regreso. Les dejo con la mayor y mejor demostración de alegría que puede hacer el que camina: saltar, saltar y saltar.
Inma, un millón de gracias por compartir y sacar brillo a esta experiencia extraordinaria en momentos tan difíciles.

31 de mayo de 2013

Islandia (y XXIX), Reykjavík y Bláa lónið. Epílogo

¿Por fin Reykjavík? Antes démonos un baño...
Ya habíamos pasado por Reykjanes nada más llegar a Islandia, una península de intensa actividad telúrica al Suroeste de la isla que, con sus paisajes peregrinos, no deja indiferente al recién llegado. Volvíamos por allí, a propósito al final, para visitar la Laguna azul (Blue lagoon o Bláa lónið), un inmenso charco artificial a casi 40ºC cargado de sílice y sulfuro en medio de una panorámica negra, spa alimentado por las aguas subterráneas devueltas por una vecina central de energía geotérmica. Se trata de una gran atracción turística, un complejo bien pensado y bien cobrado, prácticamente el único de esta calaña en todo el país, porque de momento en Islandia la naturaleza es tan gratuita como el oxígeno. Su superficie azul turquesa y fondo blanco son estridentes, pero de su interior sales recuperado de cualquier paliza... ¡El descanso merecido!
En la capital terminaba el recorrido, un mundo extraño después de diez días entre piedras, vientos, líquenes, silencios y naturaleza alucinógena. Calles espaciosas y casas de colores, sonrisas que celebran la llegada del sol, plazas y cafés abarrotados, parques llenos de niños... el verano contagiándose después de muchas horas de oscuridad, frío y aislamiento humano.
Reykjavík es una ciudad extensa y poco habitada, la capital más septentrional del planeta, pero parece un pueblo grande y cosmopolita, abierto y tradicional a la vez. En su suave perfil resalta Hallgrímskirkja, la iglesia luterana que culmina una suave colina y parece homenajear los bloques de basalto y lava presentes por toda la isla.
Alguien dijo que Islandia no podía tener mejor promoción turística que la de este humilde blog, y llevaba razón. Un país con una naturaleza desafiante y apabullante, un pueblo con una visión diferente- y válida- de la realidad y un singular respeto por sus valores y tradiciones. Veintinueve entradas (¡29!) de una saga totalmente desinteresada, gratuita, apasionada y enamorada. Ni yo mismo pensaba que sería capaz de sacar a flote tal cantidad de información, imágenes y recuerdos, un esfuerzo de todo un año con el único fin de compartir una experiencia personal, sugerir ideas a futuros viajeros y alentar los sueños de todo el que pase por aquí. Ya lo agradeceré cuando me falle la memoria. Sé que es muy presuntuoso decirlo pero... el material ya está preparado, sólo falta un editor.
No es que sea aconsejable visitar Islandia, es necesario; y repetir también.

29 de mayo de 2013

Islandia (XXVIII). Glymur para las fieras

Si viviera en Reykjavík (que viviré) tendría muy claro dónde llevaría mi rebaño de cabras (que tendré) a ramonear...
Glymur es la excursión perfecta desde la capital para echar un día campestre: naturaleza a borbotones, muy poca gente, un camino exigente cada vez más complicado y una cascada de casi 200 metros desmoronándose en un abismo oscuro que no conoce el silencio.
Desde Hvalvatn, un lago con nombre de ballena, en las faldas de Hvalfell, un volcán con nombre de ballena, desciende mansamente el agua del Botnsá hacia Hvalfjörður, un fiordo con nombre de ballena, claro. Hasta que llega un punto en el que la tierra se quiebra y las águilas sienten vértigo. Entonces, estruendo.
No recuerdo si decidimos visitar esta cascada por recomendación de algún islandés, siguiendo los consejos de nuestra guía o por el simple hecho de ver el icono de "cascada" en el mapa (somos muy de "ir a ver qué hay ahí..."), pero fue un acierto. Tan cerca de la capital y tan lejos del mundo, gracias a una carretera que bordea el fiordo y que casi todo el mundo olvida por tomar un túnel que lo atraviesa y te pone de patitas en Reykjavík.
La última cascada que vimos en Islandia es la de mayor caída del país, y también la que más esfuerzo nos costó; caminamos, cruzamos el río sobre un tronco, saltamos entre las piedras y tuvimos que ascender- y descender- una ladera enganchados a una cuerda. Aún quedaban camino y mejores vistas por descubrir cuando decidimos que debíamos volver... ¡iba siendo hora de darse un baño geotermal!

27 de mayo de 2013

Islandia (XXVII). Siempre hay más, y más...

Como si al zambullirte en la playa de toda la vida encontraras un arrecife de coral; o como si metieras la mano en un río de Alaska y la sacaras llena de pepitas de oro; no pasa un rato en Islandia sin que te sorprendas con su geografía temeraria, o te sientas vórtice en una panorámica que gira y gira sin cesar.
A lo mejor por eso un par de trolls se quedaron tiesos frente al mar en Lóndrangar, mirando el histriónico rojo a su alrededor mientras trataban de comprender el extraño mundo de cráteres y rocas que los rodeaban.
O tal vez sea el motivo de que no se oiga ni un mosquito en Grundarfjörður. Todos sus habitantes están en guardia por si se moviera Kirkjufell, un espolón rocoso como una pirámide egipcia; o angustiados, no vaya a ser que las cumbres de Hellgrindur dejen de suministrar agua al torrente de Kirkjufellsá.
Como para perderse Snæfellsness...