Casi podíamos sentir cómo el tiempo parecía haberse detenido, y eso que sólo nos encontrábamos a diez kilómetros de 800.000 valencianos.
A ritmo de bicicleta habíamos cruzado lo que queda del Turia, enlazado una playa tras otra- tan solitarias en Diciembre que dos perros podrían disputarse su soberanía hasta la eternidad-, habíamos cruzado algunas de las malladas que aún perduran en la barra litoral (pequeñas depresiones entre cordones dunares, considerablemente más húmedas, donde la vegetación prolifera a sus anchas) y escapábamos de la horrenda visión del ladrillo, el Gengis Kan de la costa, también aquí, en uno de los pocos humedales aún sanos de nuestro Mediterráneo.
Nos esperaban el lago de La Albufera- casi 24 km², pese a los continuos drenajes- y su coqueto embarcadero de madera, el maravilloso sol de invierno, los martinetes, cormoranes, garzas reales y garcetas. A nuestra espalda quedaba el vaso comunicador entre mar y lago, la Gola del Pujol. Las bicicletas estaban apoyadas sobre la pared encalada de la comunidad de pescadores, apenas una caseta; en la mochila aguardaban el bocadillo y la fruta, esperando ser devorados. De repente toda Valencia se convirtió en un idilio de pequeñas barcas con sus laboriosos pescadores ocupados entre las redes, una lámina de agua lisa y destelleante, un cielo explayado en azules y quemado en amarillos, aves migratorias expectantes y la profunda sensación de no necesitar más que hincarle el diente al jamón.
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23 de octubre de 2012
20 de octubre de 2012
Valencia (III). La Albufera, oxígeno para vivir
Gestionar y manejar ecosistemas in situ es una tarea harto complicada. El conocimiento humano aún está desentrañando las sinergias del medio natural y los seres vivos, y por si fuera poco necesita controlar su evolución en ambientes que torpedea constantemente con alteraciones antrópicas y en un escenario climático de cambios imprevisibles y desconocidos. Resumiendo, se parece más a plantar un huerto y que crezcan tomates en el Everest que a freír un huevo.
La Albufera de Valencia, espacio protegido desde 1986, es un área donde históricamente las relaciones entre el hombre y la naturaleza han sido complejas. Aquí perviven actividades tradicionales de caza, pesca y, sobre todo, agricultura, que han sido las que han proporcionado el sustento y fijado a la población en la zona. Una economía fuertemente apoyada en el cultivo del arroz que a la vez ha sido causa de adaptación y cambios en el paisaje.
Al importante valor ambiental de uno de los humedales más destacados de España hay que añadir la presencia de una gran aglomeración urbana, el desarrollo de sus infraestructuras, usos intensivos industriales y el contexto de relaciones con su entorno, especialmente por el explosivo crecimiento y la explotación del turismo y el ocio en el litoral mediterráneo.
Pero además de lo que es obvio, con la naturaleza siempre nos llevamos sorpresas. Durante nuestra visita a La Albufera nos quedamos atónitos viendo cómo miles- y miles- de lisas (Mugilidae) se agolpaban hasta el hacinamiento en las acequias de El Palmar- al sureste del lago- buscando oxígeno, peleando por él y huyendo de aguas negras; extrapolado a los humanos sería un drama personal, una tragedia colectiva, una catástrofe. Al parecer, la restricción europea a quemar la paja del arroz provoca que en su pudrición se desprenda metano, lo que irremediablemente conlleva la pérdida del oxígeno que contiene el agua. ¿Cómo controlarlo? ¿Cómo poner límites a la actividad humana? ¿Hasta dónde aguanta el medio natural? ¿Normativa de qué tipo y a qué escala? Sería más sencillo conseguir los tomates del Himalaya, eso seguro.
La Albufera de Valencia, espacio protegido desde 1986, es un área donde históricamente las relaciones entre el hombre y la naturaleza han sido complejas. Aquí perviven actividades tradicionales de caza, pesca y, sobre todo, agricultura, que han sido las que han proporcionado el sustento y fijado a la población en la zona. Una economía fuertemente apoyada en el cultivo del arroz que a la vez ha sido causa de adaptación y cambios en el paisaje.
Al importante valor ambiental de uno de los humedales más destacados de España hay que añadir la presencia de una gran aglomeración urbana, el desarrollo de sus infraestructuras, usos intensivos industriales y el contexto de relaciones con su entorno, especialmente por el explosivo crecimiento y la explotación del turismo y el ocio en el litoral mediterráneo.
Pero además de lo que es obvio, con la naturaleza siempre nos llevamos sorpresas. Durante nuestra visita a La Albufera nos quedamos atónitos viendo cómo miles- y miles- de lisas (Mugilidae) se agolpaban hasta el hacinamiento en las acequias de El Palmar- al sureste del lago- buscando oxígeno, peleando por él y huyendo de aguas negras; extrapolado a los humanos sería un drama personal, una tragedia colectiva, una catástrofe. Al parecer, la restricción europea a quemar la paja del arroz provoca que en su pudrición se desprenda metano, lo que irremediablemente conlleva la pérdida del oxígeno que contiene el agua. ¿Cómo controlarlo? ¿Cómo poner límites a la actividad humana? ¿Hasta dónde aguanta el medio natural? ¿Normativa de qué tipo y a qué escala? Sería más sencillo conseguir los tomates del Himalaya, eso seguro.
10 de octubre de 2012
Valencia (II). Paella sin arroz, paella con marisco
Hay ciudad. A pesar del destrozo económico que han llevado a cabo los expoliadores, Valencia sigue siendo entretenida y recomendable siempre que no se junten su calor y humedad veraniegos.
Las ciudades, la vida y la sociedad, son siempre más reconocibles en los centros históricos- gente, movimiento, mezcla- que en los extremos y las periferias; zonas de transición al mundo rural que, habitualmente en España, están olvidadas hasta la indecencia. Y la solución no es, desde luego, la factura de "la Ciudad de los Monstruos y los Disparates".
Construimos nuestro espacio en torno al patrimonio heredado y, en muchos casos (éste, sin duda) la preferencia por las grandes infraestructuras, proyectos y ambiciones metropolitanas para el crecimiento urbanístico de los ayuntamientos (contratos, comisiones), llevan irrevocablemente al olvido de lo tradicional, lo histórico, y que con más premura necesita cuidado e intervención.
En Valencia, al margen de haber eliminado el río y poner refuerzos especiales al balcón del Ayuntamiento para que su sobredimensionada alcaldesa salte como una ternera de Navarra, no se han acordado mucho de sus contribuyentes mientras malgastaban dinero en otros menesteres. Menos mal que sigue teniendo edificios elegantes, fachadas barrocas por doquier, un casco antiguo del tamaño de la Enterprise, un callejero enrevesado y su Miguelete, el campanario de la catedral donde quedarte sordo sin enterarte.
26 de septiembre de 2012
Valencia (I). Vendetta
Un agujero negro para el dinero público, una pista de baile para mangantes: el ejemplo perfecto para explicar qué ha pasado en España y comprobar cuánto ensucia la mierda de las gaviotas.
La Comunidad Valenciana pretendía posicionarse en el mapa global, competir en nombre con Madrid y Barcelona, ser el adalid del Mediterráneo, proyectar una imagen moderna y una ciudadanía de élite. Pero en realidad sus logros son muy distintos, réditos que en Europa ya se conocen bien: corrupción política a troche y moche; proyectos con presupuestos inflados de flatulencias; eventos contra el sentido común financiados con dinero de los contribuyentes; comisiones y trajes (ríete tú de la justicia, que los fieles van a aplaudir a la puerta del juzgado); infraestructuras marcianas y arquitectura demencial. Todo vale, como cuando pretendían liquidar El Cabañal, un barrio marinero y popular víctima de una engañifa especulativa más. En esta Comunidad el urbanismo y la política tienen sus propios principios, como esa sociedad en la que el centro comercial es más importante que la cultura. Nítidos reflejos.
El ejemplo por antonomasia de esta realidad- que hoy nos comemos con patatas- es la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, un engendro de edificios sin sentido ni contenido, un pegote contra el urbanismo sensato, con formas y texturas fuera de toda lógica y estética mediterránea, sin relación alguna con su entorno, un "no lugar" de factura millonaria. Su localización es el fin de la ciudad, rodeada por autovías, pequeñas huertas, casas medio derruidas y naves hechas pedazos; en unos jardines ganados a la ciudad para desviar y secar un río, el Turia, cuyas aguas sólo fluyen por un tubo de hormigón en momentos de avenidas. Era la época de construir- sin objetivo cierto- la primera ocurrencia del arquitecto de renombre internacional que se cruzara por allí un día cualquiera, sobre todo si le interesaba el modelo de negocio: presupuesto triplicable, esto a tu bolsillo y aquello al mío, loas de fanfarría y pandereta.
La Comunidad Valenciana pretendía posicionarse en el mapa global, competir en nombre con Madrid y Barcelona, ser el adalid del Mediterráneo, proyectar una imagen moderna y una ciudadanía de élite. Pero en realidad sus logros son muy distintos, réditos que en Europa ya se conocen bien: corrupción política a troche y moche; proyectos con presupuestos inflados de flatulencias; eventos contra el sentido común financiados con dinero de los contribuyentes; comisiones y trajes (ríete tú de la justicia, que los fieles van a aplaudir a la puerta del juzgado); infraestructuras marcianas y arquitectura demencial. Todo vale, como cuando pretendían liquidar El Cabañal, un barrio marinero y popular víctima de una engañifa especulativa más. En esta Comunidad el urbanismo y la política tienen sus propios principios, como esa sociedad en la que el centro comercial es más importante que la cultura. Nítidos reflejos.
El ejemplo por antonomasia de esta realidad- que hoy nos comemos con patatas- es la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, un engendro de edificios sin sentido ni contenido, un pegote contra el urbanismo sensato, con formas y texturas fuera de toda lógica y estética mediterránea, sin relación alguna con su entorno, un "no lugar" de factura millonaria. Su localización es el fin de la ciudad, rodeada por autovías, pequeñas huertas, casas medio derruidas y naves hechas pedazos; en unos jardines ganados a la ciudad para desviar y secar un río, el Turia, cuyas aguas sólo fluyen por un tubo de hormigón en momentos de avenidas. Era la época de construir- sin objetivo cierto- la primera ocurrencia del arquitecto de renombre internacional que se cruzara por allí un día cualquiera, sobre todo si le interesaba el modelo de negocio: presupuesto triplicable, esto a tu bolsillo y aquello al mío, loas de fanfarría y pandereta.
¡Nos las pagaréis!
5 de enero de 2012
Valencia city-motion
Tras haber visto en los últimos meses varios vídeos realizados con la técnica time-lapse, de excelente calidad técnica y fabuloso resultado artístico, una noche, justo cuando se apagaron las luces y me acurrucaba como un gato, tuve la idea de entretener mi siguiente tarde experimentando con la cámara.
La idea era sencilla: deambular por la ciudad- en este caso Valencia- para hacer fotos a mansalva y captar la vida, el movimiento incesante desde distintas ubicaciones, en cualquier lugar según se dieran las circunstancias, sin buscar mejores encuadres, sin estudiar ni medir la luz, sin trípode; sobre una papelera, un banco, un contenedor o una valla. Luego había que darle ritmo al movimiento congelado, como la animación de dibujos a lápiz en la esquina de un cuaderno.
Las fotos están casi crudas y el vídeo no tiene edición; sólo abunda la paciencia del principiante que necesita aprender para manejar software nuevo y la ilusión por adentrarnos en un campo nuevo y complejo.
La idea era sencilla: deambular por la ciudad- en este caso Valencia- para hacer fotos a mansalva y captar la vida, el movimiento incesante desde distintas ubicaciones, en cualquier lugar según se dieran las circunstancias, sin buscar mejores encuadres, sin estudiar ni medir la luz, sin trípode; sobre una papelera, un banco, un contenedor o una valla. Luego había que darle ritmo al movimiento congelado, como la animación de dibujos a lápiz en la esquina de un cuaderno.
Las fotos están casi crudas y el vídeo no tiene edición; sólo abunda la paciencia del principiante que necesita aprender para manejar software nuevo y la ilusión por adentrarnos en un campo nuevo y complejo.
En fin, esto es Valencia city-motion...
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