24 de mayo de 2013

Islandia (XXVI). Al Snæfells con Julio Verne

"¡Axel, sígueme!"
Nervioso, ansioso, el profesor de Mineralogía Otto Lidenbrock llamaba a su sobrino. Entre las manos tenía un pergamino escrito con caracteres rúnicos en el que el alquimista Arne Saknussemm revelaba cómo llegar al centro de la Tierra desde una de las chimeneas que se abren en el cráter del Snæfells. Los preparativos del viaje comenzaron de inmediato y, tras un tortuoso viaje desde Hamburgo hasta Reykjavík en carruaje, tren y barco, se dirigieron a Stapi, para desde allí ascender- junto a su guía y cazador de eiders, Hans- a la cumbre del Snæfellsjökull, un estratovolcán en el que se desparrama un tremendo glaciar.
Visitar los lugares sobre los que has leído, ficción o no, te permite vivir la experiencia desde una doble perspectiva: como turista cuerdo, en tu rutina de viaje de acá para allá, expandiendo los sentidos- especialmente la vista- en la realidad, y como momento emocional, individual e introspectivo; tú ya has estado allí, desde el asiento del tren o en la cama, pero ahora sientes el aire fresco y tocas la hierba entre las rocas, ves, vives lo que antes sólo, solo, habías imaginado.
Durante la mañana, según recorríamos la península de Snæfellsnes, el cielo se mantuvo encapotado sobre las montañas que caían a plomo en el mar. No paraba de repetirme que en algún momento tendría que librarse de esas nubes para dejarme tener mi pequeña charla interior con Julio Verne... Y así fue, sentados sobre los acantilados negros de Arnarstapi la luz por fin brilló impoluta sobre la cumbre del Snæfells y el glaciar se convirtió en un manto de seda blanca. ¿Acaso no lo merecíamos?
El Snæfellsjökull es una de las principales localizaciones en la saga de Laxdœla, escrita a mediados del siglo XIII; Julio Verne publicó su novela "Viaje al centro de la Tierra" en 1864; cien años después el Premio Nobel islandés Halldór Laxness le daba al volcán un papel destacado en su obra "Bajo el glaciar"; el 28 de Junio de 2001 se declaraba el Parque Nacional Snæfellsjökull (Þjóðgarðurinn Snæfellsjökull, en islandés); el volcán, cuya última erupción se calcula que tuvo lugar hace dieciocho siglos, ocupa un importante lugar en la sensibilidad e identidad de los islandeses, siendo augurio de buena suerte poder verlo los días despejados desde Reykjavík, a unos 120km. Hoy, el glaciar que abre paso al centro del planeta, se derrite.

22 de mayo de 2013

Islandia (XXV). Niño con más de 30 años busca...

Si el recorrido circular que en Islandia hace la carretera nº 1, conocida como ringroad, no llega a 1.400 km, ¿cómo es posible que nosotros hiciéramos 3.300? ¿Acaso el olor de una pastelería no llama a darse un atracón de chocolate? ¿o el de una freiduría un homenaje de croquetas? La ruta de este anillo asfáltico muestra por si sola una isla espectacular, llena de paisajes y lugares increíbles, marcianos a veces, pero los desvíos son tan suculentos como el postre después de una comida. O mejor, golosinas para ir picando entre horas.
Dejábamos atrás las tierras de Norðurland y sus pistas recónditas, perdidas entre horas sin cruzarnos con nadie, y poníamos rumbo a Reykjavík. Pero aún quedaba un gran desvío, uno que nos metería de lleno en Snæfellsnes, una península con significado propio en el costado occidental de la isla.
Sus tierras separan Breiðafjörður de la bahía de Faxaflói, contienen acantilados y pequeños puertos pesqueros, salvajes campos de lava y cráteres propios de una guerra nuclear, pero sobre todo dan pie a un volcán "allí donde la sombra del Scartaris llega a acariciar antes de las calendas de Julio".
Este desvío era necesario, casi indispensable, porque la imaginación no está reñida con la edad, porque no podemos permitirnos olvidar los sueños infantiles y porque, a veces, incluso se nos presenta la oportunidad de vivirlos. Es un secreto a voces pero, una vez puestos en antecedentes, lo dejo para la próxima entrega...

19 de mayo de 2013

Islandia (XXIV), Ósar. El mejor zoo es el que no existe

Nuestro recorrido islandés empezaba a enfilar las últimas curvas y cada vez había menos fiordos que doblegar.
Acantilados que parecían caer del cielo se mezclaban con playas negras y rocas inverosímiles, paisajes de erosión glaciar creados durante miles de años por la fuerza bruta del hielo y cráteres salpicando la desolación de los terrenos interiores. Y de pronto ves focas retozar y eiders planear...
Mientras la marea subía y alguna foca no calmaba su sed de curiosidad acercándose una y otra vez, el interminable crepúsculo parecía invitarnos a permanecer allí abajo hasta que el último animal se escondiese. Pasó una hora, como si hubiera sido un segundo, y tomamos el sendero a nuestra espalda para subir a la casa y calentar la sopa. Más tarde no me pude resistir y salí de nuevo; el aire era fresco pero el sol seguía acariciando el horizonte casi en la medianoche, el silencio absoluto seguía siendo propiedad del viento.

17 de mayo de 2013

Islandia (XXIII). Gastronomía al aire libre

Nunca he sido un buen gourmet, ni siquiera aspirante a ello. Siempre he preferido un buen bocadillo, unos filetes empanados o una tortilla de patatas. Perderé la oportunidad de probar nuevos sabores y de disfrutar experiencias gastronómicas, pero a cambio elijo dónde me como el queso, las chacinas y la fruta. Es simplemente una balanza desequilibrada a propósito: comida cotidiana y emplazamiento único. Unas rocas con vistas al mar, un bosque de hadas o en un pico que despunte dos mil metros sobre el océano. Mientras comes te puedes entretener con las flores, los animales y el sonido del viento, charlando sin esperar al camarero.
No cambiaba este tipo de recuerdos por ningún nuevo sabor, plato o degustación. Será que llevo los grandes espacios abiertos en las venas y lo he hecho desde que calzaba unas Chiruca, pero sólo puedo invitarles a que lo prueben. ¡Y cuidado que engancha!
Son, lo que yo llamo, "restaurantes 5 piedras", irrepetibles. No tienen horario, tú decides cuándo te levantas y son gratuitos; a cambio solo hay que dejarlos tan limpios como los encontraste.

14 de mayo de 2013

Islandia (XXII). Glaumbær, granjas de hombres sabios

Tener el jardín en la puerta de casa es lo que a muchos nos gustaría; salir fuera y encontrar que la hierba crece alrededor de nuestros pies, una brisa verde y fresca que contagie buen humor. Lo raro sería hacer las lentejas con el césped sobre la cabeza...
En las áreas rurales islandesas las granjas se construían de esta curiosa forma hasta el siglo XIX, con unas pocas piedras, algo de madera y turba. De este modo, sus habitantes conseguían un estupendo aislamiento para la vivienda y emplear materiales baratos y sencillos de obtener; porque si una cosa abunda en Islandia además de volcanes y mantos de lava petrificada, es un mullido colchón de hierba verde y carnosa. El quid de la cuestión está en el ángulo de inclinación de la techumbre: si es muy plano, no escurre el agua y se filtra al interior del hogar; y si tiene demasiada pendiente se puede desmoronar en épocas secas, o no crecer la hierba por la rápida escorrentía durante las lluvias. Y si Calatrava hubiese sido granjero otro gallo cantaría...
Ya ven, casas que pueden durar un siglo hechas de suelo y raíces. Desde hace dos décadas se anuncia, vende y especula como desarrollo sostenible, pero antes se le llamaba sentido común.
El cielo azul y el sol pellizcando eran los aliados perfectos para hacerle un test de calidad al prado, echado de espaldas o comiéndote un bocadillo frente a Glaumbær... aún intuyendo que tanto montículo verde puede esconder teletubbies.