Como Tarragona "es una de las pocas ciudades donde el sol no se pone por el mar"- desgracia que comparte con Barcelona, Valencia, Niza, Boston, Nueva York, Venecia, Atenas, Copenhague, Estocolmo, Dublín, Miami, Recife, Buenos Aires, Sidney, Macao, Shanghai, Tokio, Mombasa o Dar es Salaam, entre otras-, tenemos que cargar con la pesadumbre de disfrutar en los atardeceres de los tonos azules, malvas y rosas del cielo.
Que así sea...
16 de octubre de 2012
14 de octubre de 2012
Punto de libro: "Cataluña", de Josep Pla. Un tesoro por 15€
Con un mapa soy inmensamente feliz. Así que con un libro de alto contenido geográfico, histórico, territorial, viajero, cartográfico y fotográfico en mis manos, circula alto voltaje por mis venas.
Me encantan los libros, rebuscar entre ellos, pasar sus páginas y oler su envejecimiento. Los que evocan territorios- paisajes, regiones, países o continentes- son mi predilección, ya sean relatos de viajes, aventuras, exploraciones, estudios de Geografía o antropológicos. Todo cabe.
La chispa con este ejemplar saltó al encontrarlo en un puesto callejero, de esos que venden- casi regalan- libros que llevan años en las estanterías sin encontrar dueño. Fue verlo y saber que lo quería.
Josep Pla fue un escritor y periodista catalán- enamorado de su país (del francés "pays": "tierra"; de ahí "paisaje", por ejemplo)- que se desvivió por mostrarnos cómo es este rincón del mundo, su gente y sus costumbres, desde el conocimiento, el respeto, la experiencia, el contacto y la sensibilidad. Este libro- casi una enciclopedia por el detalle en el relato- es una joya por su delicadeza y riqueza descriptiva; cada vez que lo abro siento cómo me acerco a la tierra que describe con suma pasión, me evado en la rica y diversa Cataluña, transportado a sus montañas, pueblos, valles, costas, viñedos, bosques, pueblos y ciudades. Y los mapas son, sencillamente, magistrales.
10 de octubre de 2012
Valencia (II). Paella sin arroz, paella con marisco
Hay ciudad. A pesar del destrozo económico que han llevado a cabo los expoliadores, Valencia sigue siendo entretenida y recomendable siempre que no se junten su calor y humedad veraniegos.
Las ciudades, la vida y la sociedad, son siempre más reconocibles en los centros históricos- gente, movimiento, mezcla- que en los extremos y las periferias; zonas de transición al mundo rural que, habitualmente en España, están olvidadas hasta la indecencia. Y la solución no es, desde luego, la factura de "la Ciudad de los Monstruos y los Disparates".
Construimos nuestro espacio en torno al patrimonio heredado y, en muchos casos (éste, sin duda) la preferencia por las grandes infraestructuras, proyectos y ambiciones metropolitanas para el crecimiento urbanístico de los ayuntamientos (contratos, comisiones), llevan irrevocablemente al olvido de lo tradicional, lo histórico, y que con más premura necesita cuidado e intervención.
En Valencia, al margen de haber eliminado el río y poner refuerzos especiales al balcón del Ayuntamiento para que su sobredimensionada alcaldesa salte como una ternera de Navarra, no se han acordado mucho de sus contribuyentes mientras malgastaban dinero en otros menesteres. Menos mal que sigue teniendo edificios elegantes, fachadas barrocas por doquier, un casco antiguo del tamaño de la Enterprise, un callejero enrevesado y su Miguelete, el campanario de la catedral donde quedarte sordo sin enterarte.
7 de octubre de 2012
El regusto que deja Ortaköy
No hay nada mejor que entretener el recuerdo y la imaginación. Por eso, entre otras cosas, Estambul es imborrable: tiene una capacidad evocadora sin límites y, dos años después, no podía dejar que estas fotos siguieran huyendo. De entre los muchos rincones y mezquitas que esta ciudad guarda, hay uno que no puede faltar y por el que merece la pena coger un autobús urbano, salirse del mapa turístico y caminar lejos del bullicio entre bazares, puentes y calles atestadas.
Llegamos a Ortaköy atraídos por el olor a mercadillo y sin tener muchas esperanzas en lo que íbamos a encontrar, pero se convirtió en la visita fuera de guía más productiva que pudiéramos haber tenido. Este antiguo pueblecito en el que otrora se mezclaban turcos, griegos, armenios y judíos, es hoy un barrio más en el distrito de Beşiktaş. Se moja los pies en la orilla occidental del Bósforo y da vuelo al inmenso puente homónimo que une Europa y Asia, ahí es nada. Al suroeste se encuentran el Palacio Dolmabahçe- ejemplo del lujo y el exceso en el intento de resucitar el Imperio Otomano a semejanza de Europa- y el Cuerno de Oro; al noreste las aguas se pierden entre gaviotas y cormoranes hasta llegar al Mar Negro.
El ambiente relajado del lugar invita a sentarse y disfrutar de la luz, los reflejos en el agua y la actividad marinera- barcazas o grandes buques, todo cabe- junto a la mezquita, de estilo neobarroco y con unas formas sencillas, compactas y elegantes. De forma magistral el edificio se integra entre la colina y el agua, parece flotar en el ambiente y, con sus dos esbeltos minaretes, realza la horizontalidad del entorno. Mientras tú estás absorto en sus grandes ventanales y el trufado de líneas curvas, rectas y filigranas, los lugareños dan de comer a las palomas, intentan pescar algo o simplemente charlan... o todo a la vez.
Llegamos a Ortaköy atraídos por el olor a mercadillo y sin tener muchas esperanzas en lo que íbamos a encontrar, pero se convirtió en la visita fuera de guía más productiva que pudiéramos haber tenido. Este antiguo pueblecito en el que otrora se mezclaban turcos, griegos, armenios y judíos, es hoy un barrio más en el distrito de Beşiktaş. Se moja los pies en la orilla occidental del Bósforo y da vuelo al inmenso puente homónimo que une Europa y Asia, ahí es nada. Al suroeste se encuentran el Palacio Dolmabahçe- ejemplo del lujo y el exceso en el intento de resucitar el Imperio Otomano a semejanza de Europa- y el Cuerno de Oro; al noreste las aguas se pierden entre gaviotas y cormoranes hasta llegar al Mar Negro.
El ambiente relajado del lugar invita a sentarse y disfrutar de la luz, los reflejos en el agua y la actividad marinera- barcazas o grandes buques, todo cabe- junto a la mezquita, de estilo neobarroco y con unas formas sencillas, compactas y elegantes. De forma magistral el edificio se integra entre la colina y el agua, parece flotar en el ambiente y, con sus dos esbeltos minaretes, realza la horizontalidad del entorno. Mientras tú estás absorto en sus grandes ventanales y el trufado de líneas curvas, rectas y filigranas, los lugareños dan de comer a las palomas, intentan pescar algo o simplemente charlan... o todo a la vez.
3 de octubre de 2012
Islandia (VIII). Leyendas de trolls, historias de volcanes
Cuentan en Vík í Mýrdal que mientras dos trolls intentaban arrastrar un barco hacia la costa, el sol despuntó en el horizonte y los convirtió en agujas de piedra; bloques de basalto erguidos que salen del agua como colmillos hambrientos para resistir los embates del mar. Voy más allá, y si hubiésemos visto Reynisdrangar en un día frío y brumoso, diría que en ese perfil fantasmagórico se esconden los mismísimos trolls, al acecho de marineros desorientados.
Pero no termina aquí el halo de fantasía de este rincón. Dyrhólaey lleva el hechizo de la música en su nombre, como si una melodía del Tirol hubiese llegado a esta terra incognita el día que al primer descerebrado se le ocurrió explorar sus ignotos paisajes. Un pequeño promontorio de origen volcánico- claro- soportado por un arco de lava, tal vez abierto por el puñetazo iracundo de una de aquellas bestias.
"Más, más, más", que dice mi sobrino. Sus playas negras son el resultado de la minúscula descomposición y acumulación de los innumerables sucesos volcánicos que esta isla ha padecido: del propio relieve, de las rocas, los piroclastos, los campos de lava. No es arena y tampoco son pequeñas piedras, no se pega a la piel pero se mete por cualquier parte, cruje bajo tus pies pero no parece poder desmenuzarse más. Una agradable e inmensa tumbona natural calentada por el sol sobre la que descansar, relajarse, comer y divertirse sin inhibiciones.
Pero los verdes campos y laderas que rodean este paraje incólume no están a salvo, no son un idilio romántico con sus habitantes, que viven con el volcán Katla a sus espaldas, cubierto por el tremendo casquete del glaciar Mýrdalsjökull para pasar desapercibido (casi 600 km² de hielo y nieve). Desde 1918 no ha rugido y la experiencia le dice a los islandeses que un siglo es mucho tiempo, que deben estar alerta. Por eso entrenan la huida a la iglesia de Vík, el único lugar que creen podría quedar a salvo en caso de erupción y su consecuente avenida-colada acarreando lava, hielo, agua, rocas, trolls, elfos y a saber qué más-, porque cuando la Naturaleza habla al hombre se le olvidan las leyendas. O no, ¿acaso no genera otras nuevas?
Agradecimiento especial para la autora de la secuencia "Demente cazando trolls", siempre paciente, observadora y con ganas de pasarlo bien en cualquier momento y lugar.
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