Nuestro recorrido islandés empezaba a enfilar las últimas curvas y cada vez había menos fiordos que doblegar.
Acantilados que parecían caer del cielo se mezclaban con playas negras y rocas inverosímiles, paisajes de erosión glaciar creados durante miles de años por la fuerza bruta del hielo y cráteres salpicando la desolación de los terrenos interiores. Y de pronto ves focas retozar y eiders planear...
Mientras la marea subía y alguna foca no calmaba su sed de curiosidad acercándose una y otra vez, el interminable crepúsculo parecía invitarnos a permanecer allí abajo hasta que el último animal se escondiese. Pasó una hora, como si hubiera sido un segundo, y tomamos el sendero a nuestra espalda para subir a la casa y calentar la sopa. Más tarde no me pude resistir y salí de nuevo; el aire era fresco pero el sol seguía acariciando el horizonte casi en la medianoche, el silencio absoluto seguía siendo propiedad del viento.
19 de mayo de 2013
17 de mayo de 2013
Islandia (XXIII). Gastronomía al aire libre
Nunca he sido un buen gourmet, ni siquiera aspirante a ello. Siempre he preferido un buen bocadillo, unos filetes empanados o una tortilla de patatas. Perderé la oportunidad de probar nuevos sabores y de disfrutar experiencias gastronómicas, pero a cambio elijo dónde me como el queso, las chacinas y la fruta. Es simplemente una balanza desequilibrada a propósito: comida cotidiana y emplazamiento único. Unas rocas con vistas al mar, un bosque de hadas o en un pico que despunte dos mil metros sobre el océano. Mientras comes te puedes entretener con las flores, los animales y el sonido del viento, charlando sin esperar al camarero.
No cambiaba este tipo de recuerdos por ningún nuevo sabor, plato o degustación. Será que llevo los grandes espacios abiertos en las venas y lo he hecho desde que calzaba unas Chiruca, pero sólo puedo invitarles a que lo prueben. ¡Y cuidado que engancha!
Son, lo que yo llamo, "restaurantes 5 piedras", irrepetibles. No tienen horario, tú decides cuándo te levantas y son gratuitos; a cambio solo hay que dejarlos tan limpios como los encontraste.
No cambiaba este tipo de recuerdos por ningún nuevo sabor, plato o degustación. Será que llevo los grandes espacios abiertos en las venas y lo he hecho desde que calzaba unas Chiruca, pero sólo puedo invitarles a que lo prueben. ¡Y cuidado que engancha!
Son, lo que yo llamo, "restaurantes 5 piedras", irrepetibles. No tienen horario, tú decides cuándo te levantas y son gratuitos; a cambio solo hay que dejarlos tan limpios como los encontraste.
14 de mayo de 2013
Islandia (XXII). Glaumbær, granjas de hombres sabios
Tener el jardín en la puerta de casa es lo que a muchos nos gustaría; salir fuera y encontrar que la hierba crece alrededor de nuestros pies, una brisa verde y fresca que contagie buen humor. Lo raro sería hacer las lentejas con el césped sobre la cabeza...
En las áreas rurales islandesas las granjas se construían de esta curiosa forma hasta el siglo XIX, con unas pocas piedras, algo de madera y turba. De este modo, sus habitantes conseguían un estupendo aislamiento para la vivienda y emplear materiales baratos y sencillos de obtener; porque si una cosa abunda en Islandia además de volcanes y mantos de lava petrificada, es un mullido colchón de hierba verde y carnosa. El quid de la cuestión está en el ángulo de inclinación de la techumbre: si es muy plano, no escurre el agua y se filtra al interior del hogar; y si tiene demasiada pendiente se puede desmoronar en épocas secas, o no crecer la hierba por la rápida escorrentía durante las lluvias. Y si Calatrava hubiese sido granjero otro gallo cantaría...
Ya ven, casas que pueden durar un siglo hechas de suelo y raíces. Desde hace dos décadas se anuncia, vende y especula como desarrollo sostenible, pero antes se le llamaba sentido común.
El cielo azul y el sol pellizcando eran los aliados perfectos para hacerle un test de calidad al prado, echado de espaldas o comiéndote un bocadillo frente a Glaumbær... aún intuyendo que tanto montículo verde puede esconder teletubbies.
El cielo azul y el sol pellizcando eran los aliados perfectos para hacerle un test de calidad al prado, echado de espaldas o comiéndote un bocadillo frente a Glaumbær... aún intuyendo que tanto montículo verde puede esconder teletubbies.
9 de mayo de 2013
Holanda y Bélgica no son tan perfectos como parece
Tienen la riqueza, las flores, el comercio, la industria, el I+D, la creatividad, los molinos, el chocolate, el dinamismo, las bicicletas, el queso... Calles abarrotadas de zapaterías, tiendas de decoración, complementos, ropa, galerías de arte, estudios, cafeterías llenas y restaurantes decorados con mimo... Ciudades bien ordenadas, canales de agua, zonas residenciales de ensueño, vacas, ovejas y caballos pastando, casitas de cuento, campos perfectamente alineados, edificios históricos, museos y espacios públicos de manual de urbanismo. Les sobra educación, respeto, pulcritud y tolerancia. Y son centro de decisión e influencia en Europa.
27 de abril de 2013
Lo que hay que ver: la horca más grotesca
Fotografío y publico más la cara amable de los sitios que piso, pero en la recámara tengo siempre imágenes menos agradables esperando su momento, especialmente de rincones urbanos despojados de vida y sentimientos, desagradables a veces. Como aún tengo muchas fotos de viajes y excursiones sin enseñar, lugares con encanto y paisajes que prefiero no olvidar, les voy dando prioridad, y así las otras van quedando en el fondo del baúl. Sin embargo lo de esta semana clama al cielo, no puede esperar más.
El lunes, de camino al trabajo poco antes de las seis de la mañana, me fijé en una devastada fachada de esas cuyas fotos llevan tiempo aguardando, y lo que vi fue sorprendente: el ahorcamiento de una paloma, una de las muchas y asquerosas que coexisten con nosotros y el asfalto. Pensé que no tardarían mucho en retirarla y que debía darme prisa en fotografiarla si no quería perder semejante oportunidad de crítica a la higiene y estética de las ciudades.
El viernes, ayer mismo, aún seguía ahí, sobre las cabezas de los peatones y junto a la terraza de una cafetería. Inadvertida, invisible. Como es lógico, ponerme a hacer fotos, allí donde a simple vista no hay nada más que la desidia cotidiana, despertó la curiosidad de la gente, que empezó a fijarse. Alguno preguntó por qué lo hacía- al fin y al cabo no era un coche de lujo, ni un famoso deportista o un "top ten" de guía turística-, como si tener una paloma muerta a dos metros sobre su aparato digestivo no fuese motivo suficiente para la crítica, como si un colchón de plumón y mugre no fuese un ejemplo evidente de lo que tenemos que aguantar los que pagamos impuestos.
Siento lo desagradable de la escena, el mensajero nunca es el culpable.
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