Están como alterados, revolucionados, las copas de aquellos tres o cuatro árboles que tienen colonizados parecen casi un macrobotellón, cada día al amanecer y durante la puesta de sol. Y todo el mundo levanta la cabeza y echa una sonrisa escuchando esta especie de locura social.
Vuelan de forma caótica en bandadas convulsas azotadas por una epilepsia colectiva, no paran de piar, todos a la vez, seguramente reprochándose hasta el color de las plumas; y esta mañana se han callado. Súbitamente, justo cuando el sol, tapado por las nubes, debía estar levantándose por encima del horizonte. De tanto alboroto me queda una duda, no sé si era debate o discusión.
3 de noviembre de 2012
1 de noviembre de 2012
Escuchar el mar, ése ejercicio
Tener el mar a mano es un lujo, y poder disfrutarlo un placer. De casa a la playa del Miracle apenas tenemos quince minutos paseando, desconexión de la ciudad para entrar en la modorra del mundo marino, acunados por las olas.
Nos gusta bajar a sentirlo de cerca, retozando en la arena o bañándonos la piel con su brisa. Un rato junto al mar barre la escoria de la mente, serena al más irascible.
Tarragona tiene entre sus playas escondites perfectos para pasar las horas en paz; rocas y pedregales, como los de Punta Grossa, donde sólo se puede acceder a pie (te jodes, coche) y necesitas emular a las cabras, saltando entre las piedras y esquivando matorrales y chumberas; radicales de centro comercial absténganse. El resto de la escenografía corre en la cuenta del mar, que una y otra vez se estampa contra las rocas y se desvanece en un catálogo de sonidos que guardar y llevarse a casa.
Nos gusta bajar a sentirlo de cerca, retozando en la arena o bañándonos la piel con su brisa. Un rato junto al mar barre la escoria de la mente, serena al más irascible.
Tarragona tiene entre sus playas escondites perfectos para pasar las horas en paz; rocas y pedregales, como los de Punta Grossa, donde sólo se puede acceder a pie (te jodes, coche) y necesitas emular a las cabras, saltando entre las piedras y esquivando matorrales y chumberas; radicales de centro comercial absténganse. El resto de la escenografía corre en la cuenta del mar, que una y otra vez se estampa contra las rocas y se desvanece en un catálogo de sonidos que guardar y llevarse a casa.
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28 de octubre de 2012
La luz desposeída
Pintaba crudo desde abajo, junto a un mar remolón y con algo de sol restregándonos la cara. El cielo se cubría de nubes ágiles, veloces y coloreadas de todos los grises posibles; escalaban laderas y cubrían cerros.
En sus entrañas escondían lo que no pudimos ver, lo que nos tapó su niebla espectral, un paisaje que quedaba envuelto en la humedad y el viento, un mundo ingrávido que no pertenece a nada ni nadie, ajeno a este tiempo y habitado por la paciencia misma.
En sus entrañas escondían lo que no pudimos ver, lo que nos tapó su niebla espectral, un paisaje que quedaba envuelto en la humedad y el viento, un mundo ingrávido que no pertenece a nada ni nadie, ajeno a este tiempo y habitado por la paciencia misma.
23 de octubre de 2012
Valencia (y IV). La Albufera, oxígeno para descongestionar
Casi podíamos sentir cómo el tiempo parecía haberse detenido, y eso que sólo nos encontrábamos a diez kilómetros de 800.000 valencianos.
A ritmo de bicicleta habíamos cruzado lo que queda del Turia, enlazado una playa tras otra- tan solitarias en Diciembre que dos perros podrían disputarse su soberanía hasta la eternidad-, habíamos cruzado algunas de las malladas que aún perduran en la barra litoral (pequeñas depresiones entre cordones dunares, considerablemente más húmedas, donde la vegetación prolifera a sus anchas) y escapábamos de la horrenda visión del ladrillo, el Gengis Kan de la costa, también aquí, en uno de los pocos humedales aún sanos de nuestro Mediterráneo.
Nos esperaban el lago de La Albufera- casi 24 km², pese a los continuos drenajes- y su coqueto embarcadero de madera, el maravilloso sol de invierno, los martinetes, cormoranes, garzas reales y garcetas. A nuestra espalda quedaba el vaso comunicador entre mar y lago, la Gola del Pujol. Las bicicletas estaban apoyadas sobre la pared encalada de la comunidad de pescadores, apenas una caseta; en la mochila aguardaban el bocadillo y la fruta, esperando ser devorados. De repente toda Valencia se convirtió en un idilio de pequeñas barcas con sus laboriosos pescadores ocupados entre las redes, una lámina de agua lisa y destelleante, un cielo explayado en azules y quemado en amarillos, aves migratorias expectantes y la profunda sensación de no necesitar más que hincarle el diente al jamón.
A ritmo de bicicleta habíamos cruzado lo que queda del Turia, enlazado una playa tras otra- tan solitarias en Diciembre que dos perros podrían disputarse su soberanía hasta la eternidad-, habíamos cruzado algunas de las malladas que aún perduran en la barra litoral (pequeñas depresiones entre cordones dunares, considerablemente más húmedas, donde la vegetación prolifera a sus anchas) y escapábamos de la horrenda visión del ladrillo, el Gengis Kan de la costa, también aquí, en uno de los pocos humedales aún sanos de nuestro Mediterráneo.
Nos esperaban el lago de La Albufera- casi 24 km², pese a los continuos drenajes- y su coqueto embarcadero de madera, el maravilloso sol de invierno, los martinetes, cormoranes, garzas reales y garcetas. A nuestra espalda quedaba el vaso comunicador entre mar y lago, la Gola del Pujol. Las bicicletas estaban apoyadas sobre la pared encalada de la comunidad de pescadores, apenas una caseta; en la mochila aguardaban el bocadillo y la fruta, esperando ser devorados. De repente toda Valencia se convirtió en un idilio de pequeñas barcas con sus laboriosos pescadores ocupados entre las redes, una lámina de agua lisa y destelleante, un cielo explayado en azules y quemado en amarillos, aves migratorias expectantes y la profunda sensación de no necesitar más que hincarle el diente al jamón.
20 de octubre de 2012
Valencia (III). La Albufera, oxígeno para vivir
Gestionar y manejar ecosistemas in situ es una tarea harto complicada. El conocimiento humano aún está desentrañando las sinergias del medio natural y los seres vivos, y por si fuera poco necesita controlar su evolución en ambientes que torpedea constantemente con alteraciones antrópicas y en un escenario climático de cambios imprevisibles y desconocidos. Resumiendo, se parece más a plantar un huerto y que crezcan tomates en el Everest que a freír un huevo.
La Albufera de Valencia, espacio protegido desde 1986, es un área donde históricamente las relaciones entre el hombre y la naturaleza han sido complejas. Aquí perviven actividades tradicionales de caza, pesca y, sobre todo, agricultura, que han sido las que han proporcionado el sustento y fijado a la población en la zona. Una economía fuertemente apoyada en el cultivo del arroz que a la vez ha sido causa de adaptación y cambios en el paisaje.
Al importante valor ambiental de uno de los humedales más destacados de España hay que añadir la presencia de una gran aglomeración urbana, el desarrollo de sus infraestructuras, usos intensivos industriales y el contexto de relaciones con su entorno, especialmente por el explosivo crecimiento y la explotación del turismo y el ocio en el litoral mediterráneo.
Pero además de lo que es obvio, con la naturaleza siempre nos llevamos sorpresas. Durante nuestra visita a La Albufera nos quedamos atónitos viendo cómo miles- y miles- de lisas (Mugilidae) se agolpaban hasta el hacinamiento en las acequias de El Palmar- al sureste del lago- buscando oxígeno, peleando por él y huyendo de aguas negras; extrapolado a los humanos sería un drama personal, una tragedia colectiva, una catástrofe. Al parecer, la restricción europea a quemar la paja del arroz provoca que en su pudrición se desprenda metano, lo que irremediablemente conlleva la pérdida del oxígeno que contiene el agua. ¿Cómo controlarlo? ¿Cómo poner límites a la actividad humana? ¿Hasta dónde aguanta el medio natural? ¿Normativa de qué tipo y a qué escala? Sería más sencillo conseguir los tomates del Himalaya, eso seguro.
La Albufera de Valencia, espacio protegido desde 1986, es un área donde históricamente las relaciones entre el hombre y la naturaleza han sido complejas. Aquí perviven actividades tradicionales de caza, pesca y, sobre todo, agricultura, que han sido las que han proporcionado el sustento y fijado a la población en la zona. Una economía fuertemente apoyada en el cultivo del arroz que a la vez ha sido causa de adaptación y cambios en el paisaje.
Al importante valor ambiental de uno de los humedales más destacados de España hay que añadir la presencia de una gran aglomeración urbana, el desarrollo de sus infraestructuras, usos intensivos industriales y el contexto de relaciones con su entorno, especialmente por el explosivo crecimiento y la explotación del turismo y el ocio en el litoral mediterráneo.
Pero además de lo que es obvio, con la naturaleza siempre nos llevamos sorpresas. Durante nuestra visita a La Albufera nos quedamos atónitos viendo cómo miles- y miles- de lisas (Mugilidae) se agolpaban hasta el hacinamiento en las acequias de El Palmar- al sureste del lago- buscando oxígeno, peleando por él y huyendo de aguas negras; extrapolado a los humanos sería un drama personal, una tragedia colectiva, una catástrofe. Al parecer, la restricción europea a quemar la paja del arroz provoca que en su pudrición se desprenda metano, lo que irremediablemente conlleva la pérdida del oxígeno que contiene el agua. ¿Cómo controlarlo? ¿Cómo poner límites a la actividad humana? ¿Hasta dónde aguanta el medio natural? ¿Normativa de qué tipo y a qué escala? Sería más sencillo conseguir los tomates del Himalaya, eso seguro.
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