19 de enero de 2013

Islandia (XVI), paisajes con raza

Habíamos conseguido escapar de la trampa en la que nos habíamos metido, pero el mal tiempo continuaba sobre nuestras cabezas. Los factores que tanto gustan de fastidiar un viaje tranquilo y apacible nos seguían rondando: cielo cubierto y plomizo, temperatura siempre por debajo de 5º C, viento intenso y permanente riesgo de lluvia y nieve. Al fin y al cabo, estábamos en Islandia.
Ahora que necesitábamos la templanza del mar, nuestro recorrido viraba al interior y cruzaba montañas. No nos habíamos repuesto aún del susto cuando, durante un largo trecho, tuvimos que soportar otra nevada. Afortunadamente volvíamos a transitar la carretera nº 1, de modo que teníamos garantizado buen asfalto, un carril y, de vez en cuando, cruzarnos con algún vehículo. Pero si nuestra cota no descendía, tendríamos nieve para rato.
Como para soltar sus tenazas, el viaje nos ofreció una extraña visión: en medio de una inmensa y yerma planicie que abría el camino hacia lo más inaccesible de la isla- con avisos de extremar las precauciones por ausencia de asentamientos humanos, gasolineras y suelos impracticables para coches convencionales; el clima extremo iba implícito-, apareció un cráter como un grano en la piel de un bebé. Aparcamos y caminamos hasta él con el sigilo del que entra a hurtadillas de madrugada, esperando que el cielo descargase sobre nosotros.
Nuestra travesía nos llevaba al cráter, pero extrañamente, según nos aproximábamos, un punto negro se iba haciendo cada vez más nítido, hasta que distinguimos en la distancia un turismo oscuro. Pisábamos una crujiente y mullida alfombra de escoria volcánica que se perdía tras el horizonte. Cuando por fin llegamos, un tipo bajó del coche en manga corta (si hay algún voluntario, que cuente las referencias al frío y el mal tiempo en ésta y anteriores entradas) para decirnos que los terrenos eran de propiedad privada, pero no importaba si hacíamos algunas fotos y nos íbamos pronto, siempre sin subir por sus laderas. Por unos minutos estuvimos dentro de aquel ojo de la tierra que mira al cielo, y salimos de allí pitando para rehacer el camino, ahora con un vendaval arañando y helando cada milímetro de piel que no tuviésemos cubierto. Por segundos llovía y caía aguanieve.
El mismo desastre climatológico- incluso peor- nos acompañó hasta Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa (¿de verdad?), en el Parque Nacional Jökulsárgljúfur. Sus borrascosas aguas bajan desde el glaciar Vatnajökull formando el río Jökulsá á Fjöllum, se desploman casi 50 metros y pasan a través de un cañón tan ancho como un campo de fútbol, blindado por faraónicas columnas de basalto. El agua se desparramaba por todas partes y colmaba cada hueco, arreciando desde el torrente o el cielo; acercarse a los flancos de esta demencial grieta mientras caminábamos hacia Selfoss- compañera inseparable de aquélla- era un ejercicio de malabares y saltimbanquis, pero nos obligaron los dioses. Nuestra ropa necesitó un buen rato de calefacción para secarse... o algo parecido, antes de nuestra siguiente parada.

4 comentarios:

  1. cada vez me gustan más las fotos del viaje, son preciosas. Y a pesar del frío, daría lo que fuera por poder visitar un rinconcito islandés un par de horas al día. No estaría mal, ¿verdad?

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    1. No me aburriría de ver auroras boreales...

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  2. Una colección de imágenes islandesas realmente espectacular. Ya me gustaría a mí pegarme un pedazo viaje como el te has realizado. Me gusta especialmente la cuarta imagen de esta entrada... Brutal!!

    Un saludo...

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    1. Muchas gracias. No dudes en ir cuando puedas, sus paisajes son una locura hasta para el obturador! Saludos.

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